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Por Jorge Sotero

La Habana.- La cadena hotelera española Iberostar anunció nuevas facilidades para el mercado cubano: reservas online a través de su sitio web y pago directo en hoteles con efectivo, Tarjeta Clásica o tarjetas internacionales que no operen con bancos estadounidenses, según anunciaron medios oficiales.

Presentan la medida como una gran novedad para el verano de 2026, una muestra de “reinventarse” y ofrecer experiencias únicas. En cualquier otro país esto sería apenas una actualización comercial. En Cuba, sin embargo, se vende casi como un acontecimiento histórico.

Lo verdaderamente llamativo no es que Iberostar permita reservar por internet o pagar en efectivo al llegar al hotel. Lo insólito es que estas opciones deban presentarse como una especie de innovación revolucionaria dentro de una economía tan deformada que pagar una habitación se convierte en una maniobra de supervivencia financiera.

El cubano de a pie, que sobrevive entre apagones, inflación y salarios pulverizados, observa desde lejos cómo se anuncian facilidades para hospedarse en hoteles de lujo que en la práctica siguen siendo inaccesibles para la inmensa mayoría.

Mientras el régimen insiste en priorizar el turismo como tabla de salvación económica, la realidad del país sigue siendo otra. Se levantan hoteles de cinco estrellas en La Habana, Varadero y los Cayos, pero los hospitales colapsan, las farmacias están vacías y conseguir pollo o aceite parece una competencia olímpica.

La dictadura ha perfeccionado un modelo grotesco: construir vitrinas para extranjeros y una pequeña élite local, mientras el resto del país vive atrapado en una economía de guerra permanente.

Iberostar, por supuesto, hace negocios y se adapta al ecosistema que tiene delante. Nada nuevo. La cadena incluso fue premiada en la Feria Internacional de Turismo por su estrategia comunicacional, como si el verdadero mérito fuera lanzar podcasts y notas bilingües en medio de una isla que no logra garantizar electricidad estable.

El problema no es Iberostar. El problema es una dictadura que convirtió a Cuba en un parque temático del deterioro: hoteles modernos rodeados de edificios en ruinas, playas paradisíacas a pocos kilómetros de barrios donde escasea hasta el agua. Así funciona el modelo.

El turismo no está diseñado para rescatar al país, sino para alimentar una maquinaria estatal que invierte en habitaciones premium mientras el ciudadano común sigue atrapado en el lobby de la miseria.

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