
Lis Cuesta y la burbuja blindada: sanciones, lujo y un «casi honor» que ofende a los hambrientos
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Hay una Cuba que se desangra en las colas del pan, y otra que tuitea con desdén desde un universo paralelo donde las sanciones son «casi un honor». Lis Cuesta Peraza, esposa del gobernante Miguel Díaz-Canel, pertenece a esa segunda Cuba: la que no suda, la que no ayuna, la que se pasea por el mundo como quien va al patio trasero y se compra casas de tres millones de dólares en Madrid mientras el país entero se alumbra con velas y se alimenta de promesas.
La primera dama —perdón, a ella, o a él, no le gusta que le digan así, que eso de «primera dama» le suena muy burgués y muy patriarcal— ha respondido a las sanciones de la Administración Trump con la misma frivolidad con la que se prueba un vestido de firma: «Ah, y una precisión al vuelo: nací en Sancti Spíritus. ¡Viva Cuba Libre!».
Qué ironía. Justo ella, que representa todo lo contrario a la libertad, invoca el «Viva Cuba Libre» como quien pide otra copa de champán. Porque la libertad de Lis Cuesta no es la de los cubanos que reman en la miseria, sino la suya propia: la de viajar sin restricciones, la de vestir marcas que el pueblo no puede ni deletrear, la de tener un hijo estudiando y viviendo cómodamente en la capital española mientras miles de jóvenes cubanos sueñan con largarse de una isla que ya no les ofrece nada. Su libertad es la del privilegio blindado, la del capricho satisfecho, la del lujo insolente en medio de la hambruna.
La soberbia de quien se cree superior
Las sanciones, esas que el jueves le cayeron encima junto a su esposo y otros miembros de la cúpula, le importan un bledo. Y no es pose. Es que realmente no le afectan. La OFAC puede congelar activos bajo jurisdicción estadounidense y prohibir transacciones con ella, pero ¿a quién le importa eso cuando tu vida transcurre bajo un paraguas de impunidad que ningún Departamento del Tesoro alcanza a mojar?
Lis Cuesta, como buena exponente de la realeza castrista, se sabe protegida por una cúpula invisible que la aísla del bien, del mal, del hambre ajena y hasta de las represalias de Washington. Su soberbia no es coraje: es la certeza de quien nunca ha pagado un solo precio por su descaro.
Ella, que rechaza el título de «primera dama» por patriarcal, ejerce sin embargo todos los vicios de la aristocracia revolucionaria: presencia visible en actos oficiales, viajes internacionales, eventos culturales del Estado y un estilo de vida que desmiente cada eslogan igualitarista del régimen.
La prensa ha publicado que acaba de adquirir una vivienda valorada en unos tres millones de dólares, cifra que contrasta con los salarios de miseria de los cubanos de a pie y con la imagen de una isla que se cae a pedazos. ¿De dónde sale ese dinero? ¿De los ahorros de un servidor público? ¿De la herencia del socialismo próspero que prometió Fidel? ¿O Ana de Armas se los regaló a su hijo por cuidarle los perros mientras ella paseaba en helicóptero con Tom Cruise. Hagan sus apuestas.
La cúpula se quebrará y…
Los comentarios en redes no se hicieron esperar. «Estas palabras le quedan muy, muy grandes, Lis Cuesta, cuando usted es partícipe junto a su esposo en mantener a un pueblo en absoluta indigencia, con hambre y sin libertad», escribió un usuario. Otro fue más directo: «No eres nada diferente de la suerte que corrió Cilia Flores, se repite la película».
La comparación con la esposa de Nicolás Maduro es inevitable y dolorosamente precisa. Ambas comparten el mismo molde: el de la mujer que vive como reina mientras el reino se desmorona. Ambas blindadas, ambas intocables, ambas convencidas de que el ridículo y la estupidez política están siempre del otro lado.
El «casi un honor» de Lis Cuesta es, en realidad, una confesión. Porque solo quien se siente invulnerable puede responder a unas sanciones como quien recibe un premio. Su desparpajo no brota del coraje, sino de la certeza de que la fiesta sigue. Mientras la cúpula protectora aguante —esa que la aísla de todo, incluso del sentido del ridículo—, las sanciones serán apenas una anécdota en su agenda de compras.
La verdadera pregunta es cuánto tiempo más durará esa burbuja. Porque las cúpulas, incluso las más soberbias, también se quiebran. Y cuando eso ocurra, Lis Cuesta descubrirá que «Viva Cuba Libre» no es un eslogan para adornar un tuit, sino el grito de un pueblo que lleva demasiado tiempo esperando su turno.






