Raúl Castro sale del congelador para fingir unidad, mientras Cuba entera reza por su extradición

Comparte esta noticia

Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Ni la imputación penal en Estados Unidos por el derribo de dos avionetas civiles, ni los 95 kilos de años encima, ni el retiro oficial de su cargo oficial: Raúl Castro ha vuelto a aparecer en público. Fue este viernes, en un teatro habanero, para un acto de homenaje por su cumpleaños. Pero no se engañen: esto no es una fiesta familiar. Es la misma coreografía de siempre, el mismo régimen que utiliza al casi centenario hermano menor de Fidel como un muñeco de utilería para seguir apretando el tornillo sobre el cuello de una isla exhausta.

El montaje fue perfecto: asientos reservados para la nomenklatura, discursos a la medida, el siempre servicial Miguel Díaz-Canel aplaudiendo como un autómata, y la habitual sarta de frases hechas. “Raúl es Cuba y a Cuba no se toca”, llegó a decir el mandatario, como si esa declaración de poseídos borrara el hecho de que el homenajeado es, ante los tribunales federales de Estados Unidos, un acusado de terrorismo. Pero claro, en la lógica del castrismo, el derecho internacional es un papel mojado y la justicia, solo una molestia gringa.

Lo que el régimen intentó vender como “unidad revolucionaria” no es otra cosa que una maniobra desesperada para que el dictador retirado siga haciendo de pegamento ideológico. Raúl ya no gobierna, pero lo exhiben como una reliquia de museo para que los jóvenes que nunca vivieron el “socialismo real” crean que todavía hay un comandante al timón. Sin embargo, la realidad en Cuba es otra: apagones, hambre, represión y una diáspora que no para de crecer. Mientras los Castro juegan al teatro político, el pueblo se ahoga en silencio.

¿Celebración o despedida?

Pero el silencio se rompe cuando uno se atreve a preguntar en cualquier cola de La Habana o en un parque de Santiago. Ahí, con la boca pequeña o con la valentía del que no tiene nada que perder, muchos cubanos ya no piden una reforma. Piden algo más radical: que Raúl Castro termine sus días donde merece. Unos lo dicen con humor negro, otros con el odio contenido de décadas, pero la sentencia es clara: “que se pudra en el infierno o que lo metan en una prisión federal de Estados Unidos”. Lo mismo da. Lo que no puede seguir es paseándose por un teatro mientras el país se desmorona.

Porque no olvidemos lo que Estados Unidos le imputa: el derribo de dos avionetas de la organización Hermanos al Rescate en 1996, donde murieron cuatro civiles. Un acto que cualquier democracia calificaría como ejecución extrajudicial, pero que el régimen vende como “legítima defensa”. Y ahora, ante la acusación, el castrismo responde con estos actos propagandísticos, condenando la “farsa” gringa mientras Raúl Castro suelta desde un papel una frase aprendida: “seguir trabajando con orden, control y responsabilidad”. Como si ordenar una masacre desde un despacho fuera un mérito.

Así que la próxima vez que vean a un anciano sonriente en la televisión cubana, rodeado de generales y funcionarios, recuerden: ese hombre es un acusado por la justicia estadounidense, un símbolo vivo de la impunidad y el último eslabón visible de una dictadura familiar de casi siete décadas. Y mientras él recibe honores, millones de cubanos piden un final digno para la dictadura… y para él, el que le corresponde: ni hospital militar, ni mausoleo. O el infierno, o una celda federal. Cualquiera de los dos, prefieren con café cubano.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy