Ascensos, barrigas y condecoraciones: la liturgia del miedo en el ocaso del castrismo

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- No hay ceremonia más reveladora que aquella que se celebra para disimular el pánico. La reciente ceremonia de ascensos a altos jefes del Ministerio del Interior cubano, cuidadosamente orquestada y difundida, tuvo algo de vieja liturgia, algo de soborno institucional y mucho, muchísimo, de desesperación.

Allí estaban todos: los barrigones de la cúpula, con Díaz-Canel y Manuel Marrero enfundados en trajes militares que ni les pertenecen ni les sientan, y un Raúl Castro crecientemente demacrado, como si el tiempo —ese enemigo que no perdona— le estuviera pasando factura en tiempo real. Verlos alineados, rígidos, jugando a los soldados, produjo una mezcla de pena, asco y ternura histórica. Porque cuando un régimen necesita vestir a sus burócratas de generales, es que ya no le quedan generales de verdad.

Ascensos, barrigas y condecoraciones: la liturgia del miedo en el ocaso del castrismo

El objetivo de tanta visibilidad es meridiano. En la jerga del poder totalitario, los ascensos masivos no son un premio al mérito: son una cadena de compromiso forjada a punta de charreteras y medallas. Cada coronel ascendido, cada general condecorado, sabe perfectamente lo que se espera de él cuando el orden se tambalee.

El castrismo, que conoce como pocos los resortes del miedo, está blindando a sus represores con honores para que, llegado el momento, no flaqueen. Pero sobre todo, les está recordando que sus nombres ya figuran en los listados públicos que Washington, la disidencia y la historia llevan años confeccionando. Ascenderlos es también una manera de señalarlos. Y de atarlos para siempre al barco.

Recurrencias

No es la primera vez que el régimen recurre a esta estrategia. En 1994, cuando el hambre y la desesperación empujaron a miles de cubanos al Malecón de La Habana en el estallido conocido como el Maleconazo, el gobierno respondió con una combinación de represión feroz y ascensos internos. Lo mismo ocurrió tras el 11 de julio de 2021, la explosión social más grande desde el triunfo de la revolución, cuando las calles gritaron “Patria y Vida” y el poder tembló como nunca antes.

En ambas ocasiones, el castrismo aplicó la misma receta: mano dura para los de abajo, caricias institucionales para los de arriba. La fórmula es vieja, pero esta vez los ingredientes son de peor calidad. Porque la crisis actual es mucho más profunda, más prolongada y más corrosiva que cualquiera de las anteriores.

Ascensos, barrigas y condecoraciones: la liturgia del miedo en el ocaso del castrismo

Ahora mismo, Cuba enfrenta la crisis más larga y devastadora de su historia. Ni en el llamado Período Especial se alcanzaron cotas tan insoportables de miseria, apagones, hambre y desesperanza. Lo que antes era escasez de bienes es hoy ausencia total. Lo que antes era descontento es hoy furia contenida. Y la cúpula lo sabe.

La élite sabe que el estallido social puede producirse en cualquier momento, lo mismo que una intervención quirúrgica de Estados Unidos. Porque Washington ya no juega al diálogo estéril, ni al deshielo ingenuo de la era Obama. Ahora hay orden ejecutiva, sanciones con nombre y apellido, y una voluntad política de ir a por los verdaderos responsables. Y en La Habana, algunos nombres —Raúl Castro a la cabeza— empiezan a aparecer subrayados en rojo.

Los grados para comprar lealtad

El régimen está aterrorizado. No por las cacerolas, que ya suenan en toda la isla, sino porque sabe que muchos de los oficiales del Minint y de las Fuerzas Armadas no están dispuestos a dejarse matar para defender a los que verdaderamente viven bien. Los militares de rango medio ven cómo sus hijos pasan hambre, cómo sus esposas hacen colas imposibles y cómo sus salarios no alcanzan ni para un par de zapatos, mientras la cúpula política se reparte el pastel de GAESA en dólares contantes y sonantes.

Esa fractura moral es la que mantiene despiertos a los estrategas del régimen, que saben que la lealtad comprada con medallas se desvanece cuando el enemigo llama a la puerta y el soldado se da cuenta de que lleva décadas defendiendo un castillo en el que nunca le dejaron entrar.

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Podrán ascender a todos los coroneles y generales que quepan en el Palacio de la Revolución. Podrán condecorarlos con medallas heredadas de un heroísmo que ya nadie recuerda. Podrán vestir a sus burócratas de guerrilleros y repetir el libreto de la resistencia hasta quedarse roncos. Pero el castrismo ha entrado en su fase terminal, y ellos lo intuyen.

Una dictadura que necesita comprar a sus propios verdugos a golpe de ascenso es una dictadura que ya no confía ni en sus verdugos. El pueblo lo sabe. Los militares lo saben. Y hasta los barrigones uniformados que aplaudían sin convicción en la ceremonia lo saben. El fin del castrismo no es una posibilidad: es un reloj que avanza. Y esta vez, ni las medallas ni los grados podrán detenerlo.

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