Muerte de cubano en Uruguay expone el abandono del régimen y la falta de apoyo consular en el exterior

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Por Jorge Sotero

La Habana.- En los últimos días, la noticia ha corrido más por el boca a boca que por los canales oficiales: un repartidor de comida cubano de 31 años ha sido asesinado en Montevideo, Uruguay. Silencio absoluto desde la prensa oficial, mutismo conveniente desde las instituciones que deberían, al menos, dar la cara. Cuando se trata de mostrar “logros”, el aparato mediático funciona como reloj suizo; pero cuando la tragedia toca a sus ciudadanos fuera del país, la respuesta es la misma de siempre: mirar hacia otro lado.

La embajada cubana en Uruguay, como ya es costumbre, no facilitará el traslado del cuerpo a la isla. Y si lo hace, sería una sorpresa y no un proceso normal que todos los países hacen con sus ciudadanos. El régimen cubano ha convertido el abandono en política exterior no declarada. El mensaje es claro, aunque nunca lo digan en voz alta: si te fuiste, arréglatelas como puedas. Poco importa si saliste huyendo de la miseria, de la falta de oportunidades o de un sistema que asfixia. Para la dictadura, ese ciudadano dejó de existir en el momento en que cruzó la frontera.

Y es ahí donde aparece la contradicción más dolorosa. Esos cubanos que hoy mueren lejos de casa no estaban de paseo. Estaban intentando sobrevivir, escapar de un régimen que no les ofrecía futuro alguno. No es casualidad que miles salgan cada año; es la consecuencia directa de un país que expulsa a su gente. Luego, cuando ocurre una tragedia, el mismo sistema que los empujó fuera se desentiende completamente de su destino.

En cualquier otro país, la historia sería distinta. Gobiernos que activan protocolos, embajadas que acompañan, instituciones que se hacen responsables. No es un favor, es una obligación. Sin embargo, Cuba juega con otras reglas. O mejor dicho, no juega con ninguna. Cuando el Estado falla en lo más básico —proteger a sus ciudadanos— deja de cumplir su función esencial. Entonces todo queda en manos de la solidaridad improvisada, de colectas, de esfuerzos individuales que intentan cubrir lo que el gobierno nunca quiso asumir.

Ojalá la comunidad cubana en Uruguay logre reunir el dinero necesario para repatriar el cuerpo de esa persona asesinada. Ojalá esa familia pueda despedirse como merece. Incluso, si lo logran, quedará intacta la sensación de abandono, esa que acompaña a cada cubano que decide irse.

Más allá del dolor puntual, lo que queda claro es algo mucho más profundo: los cubanos, dentro y fuera de la isla, están solos frente a un sistema que hace tiempo dejó de responder por ellos.

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