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Por Oscar Durán

La Habana.- Hace 131 años te fuiste, Pepe, y uno no sabe si pedirte perdón o pedirte auxilio. Te nos caíste en Dos Ríos soñando una República con todos y para el bien de todos, y míranos ahora: atrapados en una isla donde la frase parece un chiste cruel contado a media voz.

A veces quisiera sentarme frente a tu tumba en Santa Ifigenia y hablarte sin filtros, como quien llama a un padre cuando ya no encuentra salida. Esto no da más, Martí. La paciencia aquí se volvió un lujo que hace rato dejamos de poder pagar.

La realidad cubana parece escrita por un guionista con demasiado odio. Hay apagones que se extienden como una condena, mercados vacíos, salarios que duran menos que un caramelo en la puerta de una escuela y familias enteras haciendo malabares para fingir normalidad.

Mi hijo podría decirme que tiene hambre y yo solo tendría para responderle con silencio o con una mentira piadosa. No hay épica en eso, Pepe; hay desgaste, cansancio y una tristeza que se mete debajo de la piel como humedad vieja.

La gente se sigue yendo. Se van médicos, ingenieros, profesores, peloteros, vecinos, amigos y hasta los que juraron morirse aquí. Cuba se ha convertido en una sala de espera donde todos aguardan su turno para largarse. El que puede, huye. El que no puede, sobrevive. Y mientras tanto, arriba siguen hablando un idioma que nadie abajo entiende: resiliencia, creatividad, resistencia. Palabras bonitas para disfrazar el mismo desastre de siempre.

Lo más doloroso no es solo el colapso material; es el derrumbe moral. Nos acostumbraron a mirar hacia abajo, a desconfiar del otro, a medir la dignidad por la cantidad de dólares que te mande un familiar. La educación perdió brillo, la salud perdió prestigio y la política hace rato perdió vergüenza. Lo que sostiene esta estructura no es convicción ni esperanza: es miedo. Un miedo viejo, heredado, disciplinado durante décadas hasta volverlo costumbre nacional.

Por eso te pienso hoy, Martí, no como estatua ni consigna, sino como ausencia. Como esa figura que hace falta cuando un país parece haberse quedado sin brújula. Mañana muchos pondrán flores, repetirán discursos y citarán tus versos con solemnidad burocrática. Pero la mejor manera de recordarte sería otra: preguntarnos en qué momento dejamos que tu República se pareciera tan poco a lo que imaginaste.

Descansa, Pepe. Aquí seguimos, sobreviviendo entre sombras, calor y nostalgia, esperando que algún día esta isla vuelva a merecerse a sí misma.

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