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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- Miguel Díaz-Canel afirmó que la tan cacareada «obra de justicia social de la Revolución» pudo sostenerse no solo por voluntad política, sino porque entraban recursos desde otros países. Primero desde la Unión Soviética y después desde gobiernos aliados. Como acaba de confesar el propio singa’o, la tubería funciona mejor que el socialismo.

Es decir, el propio Puesto a dedo reconoce que esos supuestos logros no fueron el resultado de la eficiencia del modelo socialista cubano, sino de una constante inyección de recursos externos.

Lo más revelador no es solo lo que dice, sino cómo lo dice. Al referirse a aquellos recursos, acompaña sus palabras con un gesto que parece simular una tubería, como si quisiera ilustrar gráficamente el flujo continuo de recursos que llegaba desde el exterior, especialmente desde la extinta Unión Soviética.

Durante décadas se intentó presentar aquellas conquistas como una demostración de la superioridad del sistema cubano. Sin embargo, la realidad que aflora en esta confesión es otra; cuando se cerró la tubería soviética llegó el «Período Especial»; cuando se redujo la ayuda venezolana llegó otra crisis; y hoy, sin subsidios, el país vive el mayor colapso económico de su historia. Una evidencia contundente de que el modelo no es capaz de sostenerse ni siquiera por sus propios medios, es decir no funciona ni para ellos mismo.

La dependencia de siempre

La pregunta entonces es inevitable: si el modelo es tan exitoso, ¿por qué depende siempre de la riqueza ajena?

Porque una cosa es construir prosperidad, y otra muy distinta es administrar la que producen otros.

El paquete de 176 medidas aprobado el pasado 18 de junio por el Parlamento cubano persigue exactamente lo mismo: captar riqueza generada por otros para seguir sosteniendo la retórica de los llamados «logros revolucionarios».

La historia es terca. Cada vez que se cerró una tubería, apareció una crisis. Y cada vez que apareció un benefactor, regresó el discurso triunfalista.

Al final, el propio Díaz-Canel terminó confesando lo que durante décadas intentaron ocultar: la tubería funcionó mejor que el socialismo.

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