
Transferencia o efectivo: El casi infarto de Lino Alberto con los inspectores de San José de las Lajas
Por Pablo Alfonso ()
Santiago de Chile.- Lino Alberto Senén Lorenzo tiene una mipyme en San José de las Lajas, y como todos los que están en ese negocio, ha llegado a una conclusión irrefutable: las transferencias bancarias no sirven para nada. No hay internet, no hay corriente, y si por un casual logras que el dinero entre en tu cuenta, el cajero más cercano está roto desde la administración de Fidel. Así que Lino, como cualquier cubano con dos dedos de frente, solo acepta efectivo. Y no cualquier efectivo: billetes de a cien para arriba. Porque si te pagan con uno de cinco, ¿qué haces con él? ¿Te lo guardas de recuerdo?
Todo funcionaba en su pequeño universo hasta que un día, no recuerdo cuántos, llegó una mujer a comprar. Lino le explicó la política de la casa: solo efectivo, billetes grandes. La mujer preguntó el motivo, como si no lo supiera. Lino, con la paciencia de quien ha repetido la misma explicación mil veces, le dijo que estaba en su derecho y que si no le gustaba, podía ir a otro lugar (esto último con un poco de mal humor). Pero el destino, que a veces tiene un sentido del humor muy retorcido, había camuflado a un inspector de comercio en la parte de afuera. Como aquellos mayorales de los tiempos de la esclavitud, el inspector se plantó y le dijo a la mujer: «Tranquila, usted paga por transferencia».
Lino intentó resistirse, pero la amenaza del inspector fue clara: o vendía o vendía. La mujer pagó, se fue tan contenta con sus mercancías, y Lino se quedó con la sensación de haber sido violado en su propia casa. Pero el inspector no había terminado. De su bolsillo sacó una multa de 16.000 pesos. Dieciséis mil pesos, que equivale a la jubilación de cuatro ancianos, al salario de dos médicos, a lo que Lino no iba a poder pagar jamás si su negocio seguía funcionando a base de transferencias que no puede cobrar.
¿Transferencia? Las multas son en efectivo
Lino, que es un hombre de salud de hierro y carácter ecuánime, respiró hondo y fue a la Oficina de Cobro de Multas a pagar. Llevaba su teléfono, listo para hacer la transferencia, y entonces la señora de la caja le soltó: «No, aquí no. Esto se paga en efectivo». Y ahí, frente a la ventanilla, Lino sintió cómo el corazón se le iba a salir por la boca. Si no hubiera sido por su milagrosa salud, habría caído fulminado. La vida, esa gran ironía, le estaba dando una lección de las suyas.
¿Y qué hizo Lino? Pagó. No le quedó otra. Sabe que si no paga, le cierran el negocio. Pero la pregunta que queda flotando en el aire es: ¿cómo puede un gobierno obligar a los comerciantes a aceptar transferencias si luego sus propias oficinas de cobro no las aceptan? La doble moral del castrismo es tan evidente que hasta un niño de cinco años la entendería. Los que gobiernan te exigen que hagas algo que ellos mismos no están dispuestos a hacer.
Y mientras Lino se secaba el sudor de la frente, se dio cuenta de que esta historia, más que una anécdota de un comerciante abusado, es el espejo de un sistema que ha convertido la contradicción en su política de Estado. Ellos te ponen las reglas, te obligan a seguirlas, y cuando te descuidas, te cambian el juego. Lino no infartó, pero la próxima vez, con la presión que le ponen, no sé si tendrá tanta suerte. Porque en Cuba, el único negocio que realmente funciona es el de humillar al que intenta trabajar honradamente. Y eso, señores del gobierno, no se paga con transferencia. Se paga con la dignidad del pueblo.







