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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Estados Unidos no quiere terminar con la dictadura cubana únicamente por defender la libertad del pueblo cubano ni por llevar la democracia a la isla. Desde mi punto de vista, existe una razón mucho más profunda y preocupante: el régimen de La Habana representa una amenaza factual para la seguridad de Estados Unidos.

Los documentos desclasificados que demuestran cómo el régimen de La Habana ha influido en la desestabilización del continente e incluso ha logrado inmiscuirse en los asuntos internos de Estados Unidos, colocando influencias en altas esferas del gobierno estadounidense, en áreas como inmigración, el Departamento de Estado, universidades y hasta dentro del cuerpo diplomático, hicieron sonar las alarmas sobre el verdadero propósito de La Habana.

Las bases de escucha y espionaje rusas y chinas, así como las filtraciones de información estratégica que La Habana compartía con Irán, pusieron a prueba la paciencia del gobierno estadounidense.

Por tanto, no estamos solamente ante un problema de proteger a los cubanos del genocidio castrista, sino ante la necesidad de proteger a Estados Unidos de la influencia cubana.

Miles de cubanos hacen proselitismo a favor de la dictadura cubana. Cientos de ellos ni siquiera se esconden para defender desde este país al régimen de La Habana. Y, paradójicamente, muchos se escudan precisamente detrás de las libertades que les ofrece Estados Unidos para tergiversar la democracia y cuestionar los valores que sustentan esta nación.

En este contexto cabe preguntarse: ¿se puede detener la influencia castrista en la sociedad estadounidense solamente mediante la presión económica?

No.

Las sanciones económicas no afectan al gobierno cubano

Las sanciones económicas, por sí solas, no hacen el daño necesario al régimen. Por el contrario, terminan proporcionándole a la dictadura la justificación perfecta para culpar a Estados Unidos de la pobreza y de todas las desgracias que sufre el pueblo cubano.

De manera que castigar al régimen no necesariamente significa arrinconarlo. Muchas veces significa llevar al pueblo a una situación de mayor miseria.

Es como el billar: golpeas una bola, pero esa bola golpea a otra y la hace caer en la cesta.

Es la política de la carambola. Al final, la bola blanca siempre queda sobre el tapete.

Por eso considero que, si realmente se quiere acabar con el sistema castrista, no basta con sancionarlo, presionarlo o amenazarlo. Hay que entender que estamos ante un sistema que ha extendido sus raíces mucho más allá de las fronteras de Cuba y que ha logrado sobrevivir precisamente utilizando cada presión externa como combustible para su propia propaganda.

El castrismo no puede ser tratado como una enfermedad pasajera que responde a pequeñas dosis de presión. Es un cáncer que ha hecho metástasis en Cuba y ha extendido su influencia por Latinoamérica.

Y los cánceres que han hecho metástasis no se curan con tratamientos terapéuticos eternos. Se extirpan.

Para salir del sistema castrista hay que extirparlo de raíz: sin sanciones, sin presiones, sin promesas y sin falsas esperanzas.

Porque mientras la raíz permanezca intacta, las ramas volverán a crecer.

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