Otro tren descarrilado y un régimen sin encontrar el camino

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Por Anette Espinosa

Camagüey.- Otra vez el ferrocarril cubano vuelve a ser noticia por lo que ya parece haberse convertido en una rutina demasiado peligrosa: un tren descarrilado, una línea paralizada y pasajeros que terminan pagando las consecuencias de un sistema que lleva años funcionando al límite.

Este jueves, a las 3:10 de la tarde, el Tren Extra 83, identificado con la locomotora 52582, sufrió un accidente en el kilómetro 477 de la Línea Central, cerca de Piedrecita, en Camagüey. De sus 27 vagones, 14 terminaron fuera de la vía. El convoy transportaba contenedores y, según la información disponible, no se reportaron daños en la carga.

Por suerte, hasta el momento no se han informado víctimas humanas. Y digo por suerte porque cuando más de la mitad de los vagones de un tren terminan descarrilados, lo menos que puede hacer cualquier persona sensata es preguntarse qué está ocurriendo con la infraestructura ferroviaria cubana.

La respuesta oficial, como casi siempre, es crear una comisión investigadora. Perfecto. Que investiguen.

Pero mientras los funcionarios investigan, el cubano común sigue esperando. Esperando el tren, esperando el combustible, esperando una reparación, esperando una explicación y, sobre todo, esperando que algún día los servicios públicos dejen de depender de la suerte.

El accidente obligó a interrumpir el tránsito por la Línea Central y dejó detenido en Camagüey al tren de pasajeros número 12, que cubre la ruta Santiago de Cuba-La Habana. Otro tren que viajaba desde Guantánamo hacia la capital tuvo que regresar desde Carrera Larga. Las autoridades dicen que se están tomando medidas para atender a los pasajeros.

¿Qué significa eso para el cubano?

Horas perdidas. Incertidumbre. Viajes que se complican. Familias que no saben cuándo llegarán a su destino. Todo esto ocurre en un país donde viajar por carretera tampoco es precisamente una experiencia de primer mundo.

Lo preocupante no es solamente este accidente. Lo preocupante es que no aparece aislado. En junio, otro tren de carga que transportaba contenedores descarriló en Guanajay, Artemisa, cuando se dirigía hacia Camagüey. Y en mayo un tren de pasajeros que cubría la ruta Holguín-La Habana sufrió otro descarrilamiento en Camagüey, con 18 personas lesionadas.

Entonces la pregunta deja de ser simplemente qué pasó hoy en Piedrecita. La pregunta es: ¿qué está pasando con los ferrocarriles cubanos?

Una cosa es que ocurra un accidente aislado y otra muy diferente es contemplar una sucesión de incidentes ferroviarios en medio de una crisis económica que ha dejado al transporte nacional prácticamente respirando por una pajilla.

El régimen seguramente hablará de la comisión investigadora, de las brigadas trabajando y de las autoridades presentes en el lugar. Todo eso puede ser cierto. Los trabajadores ferroviarios tienen que hacer su trabajo y merecen reconocimiento por ello, pero no confundamos a los trabajadores con quienes administran el sistema.

El obrero que sale a reparar una vía no es responsable de décadas de decisiones políticas. El maquinista no decide cuánto dinero se destina al mantenimiento. El trabajador que intenta restablecer la circulación no determina las prioridades del Ministerio del Transporte.

Los responsables políticos sí tienen que rendir cuentas

Gobernar no consiste únicamente en aparecer después del accidente, enviar una comisión y ofrecer disculpas a los pasajeros. Gobernar también significa evitar que el accidente ocurra.

Y aquí está el problema.

La Dirección de los Ferrocarriles de Cuba ofrece disculpas por los inconvenientes ocasionados. Muy bonito. Pero las disculpas no reparan una vía, no compran locomotoras nuevas, no sustituyen vagones deteriorados y tampoco devuelven a una familia las horas perdidas en una estación.

Hace apenas unos meses, otro accidente en Camagüey involucró a un tren de pasajeros y un camión cisterna de combustible. Tres personas resultaron lesionadas y las autoridades tuvieron que movilizar equipos para recuperar la locomotora y restablecer el servicio.

Es demasiado fácil acostumbrarse a la desgracia

Ese es precisamente el peligro. Que el cubano termine considerando normal que un tren se descarrile, que otro no llegue, que una vía esté cerrada, que un pasajero tenga que esperar durante horas y que después aparezca un funcionario diciendo que “se trabaja intensamente” para solucionar el problema.

No, señores. Eso no debería ser normal. Un sistema ferroviario no puede funcionar sobre la base de comunicados de emergencia. Tiene que funcionar antes de que ocurra la emergencia.

Y mientras la población sigue padeciendo las consecuencias, el discurso oficial continuará buscando palabras bonitas para describir una realidad bastante fea: “pronto restablecimiento”, “acciones de recuperación”, “comisión investigadora”, “se atiende a los pasajeros.”

Todo muy correcto, pero el cubano necesita algo mucho más sencillo: que los trenes funcionen. Que lleguen. Que salgan. Que las vías estén en condiciones. Que las locomotoras sean confiables. Que viajar de una provincia a otra no parezca una expedición hacia lo desconocido.

Hoy fue un tren de carga. Por suerte no tenemos que lamentar una tragedia humana. Pero nadie sabe qué ocurrirá mañana si las condiciones que permiten estos accidentes permanecen intactas.

Ahí está la verdadera responsabilidad del régimen

No en el accidente de hoy, cuyas causas todavía deben investigarse, sino en responder por el estado general de un país donde cada vez más servicios esenciales parecen funcionar gracias al sacrificio de los trabajadores y a la resistencia de la población.

El tren se salió de la vía en Camagüey. Ahora veremos si, por una vez, la investigación sirve para encontrar las causas reales y no simplemente para llenar otro expediente.

Porque de expedientes, comisiones y explicaciones los cubanos ya tienen bastante. Lo que falta es mantenimiento, inversión, responsabilidad y, sobre todo, un gobierno capaz de reconocer que administrar un país no consiste en esperar a que algo se rompa para después explicar por qué se rompió.

Hoy fueron 14 vagones. Mañana nadie sabe. Y esa incertidumbre, precisamente, es una de las caras más evidentes de la Cuba que el régimen lleva décadas prometiendo arreglar.

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