El tiempo siempre da la razón

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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- Esto que voy a contar no pretende establecer ninguna comparación. De hecho, ni siquiera voy a explicar por qué me viene a la mente este recuerdo.

En 1989 fui a prisión en Cuba por dos causas. La primera, por el supuesto delito de propaganda enemiga; la segunda, por intentar abandonar el país de manera ilegal.

La acusación de propaganda enemiga surgió a raíz de una novela que escribí titulada Plaga Roja, una obra crítica del gobierno cubano. Era una trama policíaca de ficción en la que imaginaba la infiltración de agentes de influencia del régimen cubano en territorio estadounidense y una conspiración para cometer atentados terroristas en Estados Unidos. La novela nunca llegó a publicarse. El único ejemplar existente era mi manuscrito y, aun así, fui acusado por su contenido.

Tras una denuncia, fui detenido. Me confiscaron el manuscrito y permanecí noventa días en Villa Marista. Luego fui puesto en libertad, pendiente de juicio. Como de ingenuo tengo muy poco, comprendí que, si permanecía en Cuba, tarde o temprano caería sobre mí todo el peso de la legalidad socialista. Decidí entonces lanzarme al mar, sin más brújula que el deseo de escapar de mi destino.

El tiempo siempre da la razón

Fui capturado y regresé nuevamente a los calabozos de Villa Marista. De allí me trasladaron a la prisión Combinado del Este. Lo que ocurrió después ya forma parte de una historia que prefiero dejar atrás.

La vida en prisión

Durante mi estancia en prisión impartí clases de historia, filosofía e incluso algo de idiomas. Me convertí en el “teacher” de muchos presos y, gracias al respeto que me gané entre la población penal, disfruté de algunos privilegios que otros no tenían. Los propios reclusos me protegían, me cuidaban y compartían conmigo parte de sus alimentos para evitar que tuviera que comer en el comedor de la prisión.

Sin embargo, la realidad física que viví fue devastadora. Mido seis pies de estatura y, cuando fui excarcelado en 1992, pesaba apenas 89 libras. Podía contarme cada costilla. Mis rodillas parecían más gruesas que mis piernas y mis muslos. Más que un ser humano, parecía un cerillo de los que se usan para encender un fogón.

Y aquí surge una pregunta que no deja de inquietarme.

¿Cómo es posible que un preso político de la actualidad, en un país con mucha más escasez que la existente en aquellos años, salga de prisión con más peso y aparentemente más saludable que cuando ingresó?

Es una interrogante que me resulta difícil de responder. ¿Será que, para el régimen cubano, existen presos más iguales que otros?

Ahí se las dejo.

Solo el tiempo dará la respuesta.

Nota del autor: la novela de marras la publiqué en el exilio, por medios propios, por supuesto nadie quiso asumir la responsabilidad de tan devastadora denuncia. Porque le temían a la reacción del régimen de La Habana quizás, no sé, sin embargo, la novela, aunque de ficción, demuestra que yo siempre tuve la razón.

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