
Pataleta cubana por decisión soberana de Costa Rica
Por Max Astudillo ()
La Habana.- El gobierno anda con el gesto torcido y la pluma cargada de indignación. Resulta que el canciller costarricense, Manuel Tovar Rivera, dijo en voz alta lo que todos sabían pero nadie había querido confirmar formalmente: que Costa Rica rompió relaciones diplomáticas con La Habana desde marzo. Y claro, el MINREX, ese ministerio acostumbrado a dictar cátedra de soberanía ajena mientras ahoga la propia, reaccionó con «sorpresa». Sorprendente sería que alguien en San José siguiera creyendo que se puede mantener un diálogo cuerdo con un régimen que lleva seis décadas negándole la libertad a su pueblo.
La postura de Costa Rica no es un capricho ni un arrebato. Es una decisión soberana, tomada por un gobierno legítimamente electo, que tiene todo el derecho del mundo a escoger con quién mantiene relaciones y con quién no. Si San José considera que el régimen castrista no es un interlocutor válido, está en su perfecto derecho de cerrar su embajada, retirar su personal y decirlo sin ambages. La soberanía no es un privilegio exclusivo de La Habana; también les asiste a los países que deciden no doblegarse ante una tiranía que se disfraza de revolución.
El argumento cubano de que «nunca fue notificado formalmente» es una pataleta de patio de colegio. Como si las relaciones internacionales se rigieran por el capricho de un Ministerio que se cree el centro del universo. El canciller Tovar lo dijo claro: Costa Rica rompió relaciones, y lo hizo porque no puede ser indiferente ante una «vil tiranía» que ha negado libertad y prosperidad al pueblo cubano. Esa frase, pronunciada sin temblor y sin miedo, es la que verdaderamente ha herido a La Habana, no la falta de una nota diplomática.
Costa Rica solo dijo «Basta»
Y que quede claro: Costa Rica no le debe explicaciones a nadie sobre su política exterior. Si quiere tener relaciones con quien quiera, las tiene; y si quiere romperlas, las rompe. Eso es lo que significa ser un país soberano. Lo que no es aceptable es que un régimen que encarcela opositores, que silencia periodistas y que condena a su gente a la miseria más despreciable pretenda dar lecciones de respeto internacional. La «sorpresa» del MINREX es, en realidad, la molestia de quien se acostumbró a que nadie le alzara la voz.
El gobierno costarricense ha sido firme y claro: «somos firmes y claros en nuestro rompimiento de relaciones diplomáticas con el régimen castrista». No hay ambigüedad, no hay medias tintas, no hay marcha atrás. Y esa firmeza es la que debería cundir en el hemisferio. Centroamérica y el Caribe no pueden seguir siendo rehenes de una narrativa que confunde revolución con opresión. Costa Rica ha dado un paso valiente, y otros países deberían seguir su ejemplo.
En definitiva, la pataleta cubana no es más que el ruido de un régimen acorralado por su propia historia. Costa Rica ha ejercido su derecho soberano de decir «basta». Y lo ha hecho con la dignidad de quien no teme a las represalias ni a los comunicados airados de un ministerio que ya no engaña a nadie. Que La Habana se sorprenda es, quizás, la mejor prueba de que la decisión costarricense fue la correcta.



















