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Por Julia Jareno ()

La receta es tan sofisticada que merece patente: se toma un carné del PCC o de la UJC (esto es indispensable, como la sal), se añade un módulo de pollo que funciona como combustible moral, un teléfono “petrolero” para la conexión con la realidad oficial y un cargo cualquiera que garantice acceso a los beneficios del sistema (no se necesita pensamiento crítico); eso solo estorbaría la producción en cadena de opiniones prefabricadas.

La mezcla se bate con consignas hasta lograr una masa homogénea (que se expande en redes como espuma). El resultado es admirable: seres capaces de explicar cualquier desastre como victoria y cualquier queja como conspiración. Si sube el precio del pan, es culpa del bloqueo; si baja la calidad del servicio, es por exceso de amor patriótico; si la gente se va, es porque no entendió la grandeza del proyecto. Todo perfectamente lógico en un universo donde la realidad es un accesorio opcional.

Clarias para no aburrir

¡Qué talento para la gimnasia argumental! Doblarse, girar y aterrizar siempre en la misma conclusión. ¡Oro olímpico de la evasión! Manual avanzado de justificaciones. Doctorado en culpar al otro. Mientras tanto, la vida sigue su curso: salarios que no alcanzan, servicios que se caen y promesas que se renuevan con la puntualidad de las estaciones. Pero no importa, porque la claria digital está ahí para recordarnos que todo va viento en popa, aunque el barco haga agua por todos lados.

Pero, ¿qué sería del debate sin ellas? Sin la claria que defiende hasta el último argumento gastado, el paisaje sería demasiado aburrido, demasiado racional. Hay que agradecer su existencia: proporcionan material infinito para la sátira y la reflexión. Son el recordatorio viviente de que la fe sin cuestionamiento puede ser más cómoda, pero también más peligrosa.

Nada, damas y caballeros, ¡larga vida a las clarias digitales! Que sigan nadando en su acuario de certezas inamovibles, felices en su burbuja. Nosotros, los simples mortales, seguiremos observando con una sonrisa irónica, esperando el día en que la conversación sea menos acuario y más océano.

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