La historia del castrismo es la del culto a la personalidad de un falso mesías

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Por Joel Fonte

La Habana.- Todo proceso político demanda liderazgos. Liderazgos que estructuren, organicen, impulsen y defiendan un programa político, una línea ideológica. Liderazgos capaces de sumar, de multiplicar entusiasmos y atraer seguidores que se convierten en su base.

El castrismo jamás tuvo liderazgo real. Fidel Castro se apoyó en el cansancio, en el hastío provocado por los ataques del gobierno de Fulgencio Batista contra la República, y capitalizó ese rechazo como apoyo al movimiento que lo llevó al poder.

Pero desde bien temprano se advirtió que no se estaba ante un verdadero líder democrático, ante un guía de hombres libres. Ni siquiera se estuvo ante una genuina inteligencia.

Porque, en política, la inteligencia exige un componente moral, capaz de movilizar las conciencias de millones de personas con el empleo de la verdad, de la fuerza que ella genera.

Y lo que primó en Castro fue la astucia, su capacidad para urdir, para tramar, para manipular, y para reprimir el disenso.

Y lo alcanzó gracias a la conjunción de muchas coincidencias: desde esas ansias del pueblo cubano de que llegara un Mesías a liberarlo, pasando por el contexto histórico de una guerra fría que le propiciaba la contención de los Estados Unidos tras su alianza oportunista con el régimen soviético, hasta la habilidad que mostró para construir tempranamente el mito que rodeó a su figura.

Castro no logró -ni quiso- construir una economía moderna en Cuba; más bien saqueo la que expropio a la República. No logró ningún mérito verdadero que lo hiciera un estadista, pero sí fue capaz de alimentar un mito, un culto a su personalidad, que fue el vértice avasallante de su poder.

La prensa, que debe en principio ser independiente, crítica y contrapeso del poder, asumió el rol mercenario y cobarde de construir ese falso liderazgo mesiánico de Fidel Castro. Luego procuró hacerlo también con su hermano desprovisto todavía de menos liderazgo, y aún hoy persigue convertir al mayordomo del castrismo en ese líder glorificado que toda dictadura pide a gritos.

Pero el trabajo es cada vez mas ingrato para esa prensa de bolsillo, despojada de toda credibilidad. Mientras Cuba cae a pedazos como país, y la nación se debate entre el hambre y las más indescriptibles carencias, lo que menos deseamos los cubanos es un bufón más tras un micrófono.

Los cubanos queremos futuro, queremos vivir, y la dictadura castrista es la negación de todo eso.

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