
Llamar logro a la carencia
Por Julia Elena Jareno Varcarcel ()
Todos los cubanos hemos sido víctimas, directa o indirectamente, del comunismo. Algunos lo fueron en el bolsillo, otros en la mesa, otros en sus libertades. Y muchos también lo fuimos en algo que suele pasar inadvertido: la educación. Recuerdo cuando llegó la “maravillosa” idea de los PGI. Yo cursaba séptimo grado y de pronto podías encontrarte a un profesor de matemáticas impartiendo historia, a una profesora de español intentando enseñar ciencias y a profesores de otras asignaturas preparándose sobre la marcha para cubrir materias que no dominaban. Y, por supuesto, estaban las teleclases.
En aquel momento todo parecía perfecto porque así nos enseñaron a verlo. Pero aquello fue creando una generación bastante peculiar. El estudiante que lograba sobrevivir a la secundaria y llegar al preuniversitario con una formación relativamente sólida podía considerarse casi aventajado, porque las lagunas de conocimiento se habían ido haciendo cada vez más grandes. Ahí muchos aprendimos, por necesidad, a ser autodidactas.
Creo que mi terror a las matemáticas nació precisamente allí. Cuando no entendía un ejercicio, mi profesora de español (que ese día también impartía matemáticas) hacía lo que buenamente podía: darle para atrás al casete de la teleclase para que la profesora volviera a explicar aquello que yo no había entendido. Evidentemente, funcionaba de “maravilla”.
Por pena, yo le decía: “Sí, profesora, ya entendí”. Y asunto terminado. De matemáticas pasábamos a otra cosa y mi duda quedaba allí, intacta.
Privilegios solo para la cima
Aprobé matemáticas siempre por los pelos. ¿Cómo no iba a ser así si el contenido que debía impartir un profesor especializado podía terminar dándolo la profesora de historia, un PGI de Educación Laboral o, en el mejor de los casos, la profesora de Educación Física vigilándonos mientras ponía la teleclase para que “no se perdiera” el turno? ¡Viva la educación gratuita!
Y mientras todo esto ocurría, además había que elogiar al hombre de la barba y celebrar cada ocurrencia que salía de su cabeza, por absurda que fuera, porque cuestionarlo no era una opción. Entonces la pregunta es inevitable: ¿Exactamente qué funcionó? ¿La educación que dejó generaciones enteras con lagunas de conocimiento? ¿La economía que convirtió la escasez en una forma de vida? ¿La libertad que consistía en pensar exactamente lo que el poder esperaba que pensaras?
La Revolución cubana sí produjo resultados muy concretos para quienes estuvieron en la cima del sistema y para quienes permanecieron cerca de ella: poder, privilegios y control. Al pueblo le dijeron qué hacer, qué comer, qué vestir, qué leer y hasta qué pensar. Y todavía hay quienes quieren convencernos de que aquello fue un éxito. Quizás uno de los mayores éxitos del sistema fue precisamente conseguir que varias generaciones aprendieran a llamar “logro” a sus propias carencias.



















