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Por Alina Arcos Fernández-Britto

Camagüey.- Con la reciente emisión de billetes de 10 000 y 20 000 pesos cubanos, me hallo ante la evidencia de que mi salario como profesional de la salud, incluyendo «incentivos salariales», pudiera resumirse a un único billete. Y todavía tendría que dar vuelto…que no sería poco.

Cuba es un país «parcialmente» dolarizado según ha reconocido (y promovido, vale aclarar) el propio Gobierno; convirtiéndose la dolarización de la economía, más allá de los discursos y la retórica oficial, de facto, en una política de Estado.

Los hechos demuestran que dicho proceso avanza además a pasos agigantados, con franca tendencia a generalizarse. De cualquier manera es una realidad que CADA DÍA la vida de los cubanos es más agobiante y miserable porque a pesar y gracias (sobre todo) a la ineficacia de cada una de las medidas impulsadas por el gobierno, «el dolar sigue subiendo».

No obstante, el Estado cubano mantiene el pago a sus trabajadores en moneda nacional. Una moneda abierta e impúdicamente devaluada y con escasísimo poder adquisitivo.

Si ustedes creen que eso (sin mencionar otros hechos ampliamente denunciados ya por diversas vías y medios) no es un ejemplo fehaciente de ESCLAVITUD MODERNA, ustedes me dirán qué lo será.

Según la Organización de las Naciones Unidas, el Índice de POBREZA EXTREMA (actualizado en 2025) se sitúa en ingresos por debajo de 3 dólares diarios, lo que equivale a un promedio de 90 dolares mensuales.

Mi salario como profesional de la salud (dos especialidades, máster y más de 35 años de trabajo) ronda los 13 125 cup, que al cambio actual no alcanzan los 19 usd mensuales.

Cabe recordar que los médicos estamos muy lejos de encontrarnos entre los trabajadores peor remunerados.

¡Qué decir entonces de los jubilados, que entregaron toda su vida y sus sueños por «el futuro luminoso» prometido por la Revolución! Jubilación a las puertas de la cual actualmente me encuentro.

Mi madre, por ejemplo, cobra poco más de 4 dólares mensuales.

Ni mi madre ni yo, ni la generalidad de los ancianos pensionados, ni el resto de los trabajadores asalariados (nunca mejor usado el prefijo a-) somos considerados «vulnerables» por el gobierno, que asume tranquilamente que esa remuneración es suficiente para vivir (no ya dignamente, que sería un exceso, vamos un lujo, pedir).

Dejo aquí estos datos para todos aquellos que tanto dentro como fuera de Cuba siguen defendiendo y/o justificando los desmanes y las mentiras de la «Revolución Cubana», con el falaz argumento de que es una sociedad imperfecta pero basada en principios de justicia social.

Y yo quiero que ustedes me digan qué tiene que ver el bloqueo/embargo (el eterno «culpable» de todo lo negativo y cuestionable que pasa en Cuba) con esto.

Y para que no me vayan a venir con la «muela» añeja de siempre, en Cuba tampoco se cumplen los criterios de la evaluación multidimensional que pudieran atenuar o matizar la afirmación de que la inmensa mayoría de la población cubana vive desde hace ya varios años en condiciones de extrema pobreza.

Es en múltiples escenarios (re)conocido que la mayoría de los cubanos no cuentan con servicio efectivo de electricidad, ni acceso regular al agua potable, ni pueden permitirse una vivienda segura.

Que la inmensa mayoría de nosotros carece de seguridad alimentaria y que subsistimos en un entorno por completo insalubre.

Y que ya ni siquiera la salud y la educación están garantizadas, porque ambas, si bien son públicas, hace rato, pero muchísimo rato, que en la práctica dejaron de ser gratuitas. Y doy fe de que muchas veces ni tan siquiera pagándolas, son de calidad.

Yo no más, ahí se los dejo…

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