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Por René Fidel González ()

Santiago de Cuba.- El Gobierno ha conservado el poder y perdido la legitimidad popular. Es un proceso. Uno cada día más. Empezó hace años y ha sido intermitente e irreversible. No es solo el Estado el que es desmontado en Cuba; es también el poder, en las antiguas formas del poder y de su ejercicio.

Parece que ellos se alejan del pueblo y el pueblo se aleja de ellos; parece que es una metáfora, pero no lo es. Tampoco es alejamiento como la mayoría piensa; no es un Big Bang, es desconexión.

No es que sean incapaces de sostener las instituciones y funciones, la provisión y materialización de derechos sociales, económicos y culturales que ellas desplegaban en la sociedad cubana. Lo que ocurre es otra cosa. Al Estado lo desmontan aceleradamente, pieza a pieza. La meta es un mínimo. No es una cuestión de elección teórica. Es que el otro, lo que queda del otro: este —su lógica, su concepción, sus finalidades y sus alcances— les parece paquidérmico y costoso, agotador y aburrido, una trampa laboral.

La otra trampa es la del antiguo poder. Incapaces de manejar material y simbólicamente el poder, de crearlo y reproducirlo como la generación política que les precedió, intentan concentrarlo. Parece un repliegue, pero no lo es. Advertencia de metáfora: no es solo que no les sirva —ellos y todos nosotros lo sabíamos— la talla de la bota de Gulliver, sino que les pesa enormemente. Parecen payasos cuando andan con ellas puestas, pero más allá de lo que sean, su talla es otra.

La ilusión de la asepsia política

El poder, aunque sea achicado, no deja de ser poder, ni siquiera se vuelve distinto, ni deja de ser peligroso —lo es probablemente más—; es simplemente el poder de los enanos, su talla.

No es que sea exactamente un poder mediocre y deslucido, sin carisma y recursos políticos, sin brillo; es que es uno ejercido desde esa poquedad. Es tanto un cambio de paradigma del Poder como del Estado, pero en lo que confían realmente es en que cambiemos nosotros, que nos adaptemos.

No es cierto que, porque nunca más vuelvan —puedan— usar las plazas —de la Revolución— como espacios de concentración de mayorías convocadas, las vayan a licitar como lotes para parqueos y ferias, pero ellos van a lo que van.

Confían en que, hastiados de tanta gloria y miseria, hundidos hasta las orejas en tanta precariedad y sobrevivencia cotidiana —ya normalizaste el carbón, pero para los otros es leña, madera de puertas y ventanas, de sillas y otros muebles—, una mayoría cada vez más mayoría de la minoría de los cubanos que se queda no solo adquiera el síndrome de la indiferencia y la amnesia política como una suerte de derecho común retorcido, sino que los deje de ver como causa del problema, y que ni siquiera los desprecie o los enfoque como objeto del deseo de la frustración, la impotencia y la ira, porque ya no les interese nada, absolutamente nada: la indiferencia es el nuevo ocio.

La asepsia política es siempre una ilusión, pero es lo que quieren ellos.

Al igual que necesitan un poder pequeño —ya escribí lo que esto significa— y un Estado pequeño, también necesitan un pueblo pequeño, pequeñito y banal.

Ya no anhelan un gran felino, sino un gatito, pardo como todos los gatos pardos, pero gatito; quizás así —creen— algo cambie, sin que cambien ellos.

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