
El peso del tirano
Por Rafa Junco ()
Madrid.- La foto no miente, pero tampoco cuenta toda la verdad. En Kampala, 1975, cuatro hombres de traje levantan una silla y sobre ella va sentado Idi Amin, con su látigo y su uniforme de general, con esa sonrisa de carnicero que ya había aprendido a posar para las cámaras.
Entre los cuatro cargadores, Robert Scanlon, un inglés hecho ugandés, sudando bajo el peso del dictador como si aquello fuera un juego, como si sostener a un asesino en los hombros fuera un gesto diplomático, un saludo entre caballeros.
Amin sabía lo que hacía. No era un bruto cualquiera, era un bruto con espejo. Le encantaba humillar a los antiguos amos, hacer que los británicos le cargaran el culo como si fueran sus esclavos blancos, como si la historia se hubiera invertido y él fuera el rey y ellos los porteadores.
Y Scanlon, ingeniero, empresario, ciudadano adoptivo, sonreía para la foto sin saber que dos años después esa misma mano que sostenía la silla estaría esposada en una celda, y que el hombre al que elevaba sería el mismo que firmaría su sentencia de muerte.
Nunca cargues a un dictador
Porque en junio del 77, cuando Amin ya era un paria, cuando la Commonwealth le cerró la puerta en Londres, el dictador necesitaba un chivo expiatorio, un inglés al que colgar para demostrar que aún mandaba. Scanlon fue detenido, acusado de espionaje, y la radio dijo que lo matarían antes del domingo. Pero la dictadura no tiene prisa, tiene sadismo. Lo tuvieron semanas, meses, golpeándolo, moviéndolo de cárcel en cárcel, mientras afuera los diplomáticos negociaban y los periodistas especulaban y la familia esperaba un telegrama que nunca llegó.
Los informes de Amnistía Internacional lo confirman con esa frialdad de los que cuentan huesos rotos: Scanlon murió en septiembre, golpeado hasta que su cuerpo dejó de ser útil. No hubo fuga, no hubo rescate, no hubo espionaje. Hubo un hombre que cargó a un monstruo y el monstruo, cuando quiso, lo devoró. La misma mano que sostuvo la silla, terminó sosteniendo el peso de su propio error. Porque el tirano no agradece, el tirano usa y desecha, y el que lo eleva termina siempre debajo de sus botas.
Y así queda la foto, congelada en el tiempo, mostrando a cuatro hombres que no saben que uno de ellos va a morir, que no saben que la silla que cargan es una trampa, que el látigo que brilla en la mano de Amin ya está trazando la raya que separa la vida de la muerte. La lección, para quien quiera verla, es vieja como el mundo: nunca cargues a un dictador, porque cuando él baje, tú ya no estarás para contarlo.






