
El atleta y la ruina
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Lenin no fue enterrado. Lo convirtieron en reliquia, en fetiche de laboratorio, en problema de químicos y pinzas. Cuando el corazón se le paró para siempre, sus discípulos no le dieron tierra, sino formaldehído. Querían entender cómo un hombre de carne y hueso había podido mover muchedumbres. Pensaron que la respuesta estaba en las circunvoluciones, en las neuronas, en el peso exacto de su masa encefálica.
Los médicos le abrieron la cabeza como quien abre una caja fuerte. Cortaron su cerebro en 30.000 láminas, más finas que una oblea, más delgadas que una promesa. Y allí, entre cristales y microscopios, el sabio alemán Oskar Vogt encontró lo que el régimen quería oír: neuronas piramidales grandes, fibrosas, propias de un atleta del pensamiento. Como si la genialidad cupiera en una célula. Como si la historia se pudiera explicar con un portaobjetos.
Mientras unos contaban neuronas, otros cosían su piel, le inyectaban glicerina, le cambiaban el color, le tapaban las arrugas, le quitaban el moho que le salía en los muslos. Porque el cuerpo, ese que la tierra reclamaba, debía quedarse quieto, tieso, impávido, viendo desfilar a generaciones que ya no sabían si aquello era un cadáver o un ídolo. Cada dos años lo bañan como a un niño, lo rellenan, lo maquillan, lo devuelven a su vitrina. Ya no es Lenin: es un maniquí de sí mismo.
Los líderes se van, los sistemas se caen
Y mientras el mausoleo seguía recibiendo colas interminables, mientras los técnicos le reconstruían la cara con ceras y pinturas, el cerebro seguía allí, partido en pedazos, sin decir nada. Porque nunca encontraron la célula del comunismo, ni la neurona de la revolución, ni el tejido que explicara el hambre, el miedo, el exilio, los fusilamientos. La ciencia no pudo hacer milagros. Y el cadáver, por más baños que le den, no resucita imperios.
Al final, el experimento quedó en ridículo. Conservaron el cuerpo, perdieron el país. Conservaron las láminas, perdieron el sentido. Y el hombre que quiso ser inmortal terminó siendo un frasco, una vitrina, una anécdota de laboratorio. La lección, para quien quiera oírla, es simple: los líderes se van, los sistemas se caen, y lo único que realmente se pudre, más rápido que la carne, es la soberbia de creer que se puede embalsamar la historia.






