
El régimen anuncia una Feria Internacional del Libro con millones de ejemplares en medio de una crisis sin precedentes
Por Yeison Derulo
La Habana.- La Feria Internacional del Libro regresa con más de 1.300 novedades editoriales, millones de ejemplares y el eterno discurso de que «leer es crecer». Lo curioso es que en un país donde cada día más personas hacen cola para emigrar, el mayor esfuerzo cultural del régimen siga siendo organizar una feria dedicada, una vez más, a Fidel Castro.
Parece que en Cuba los libros cambian de portada, pero el prólogo oficial nunca se reescribe.
El Instituto Cubano del Libro asegura que, pese a la crisis, no renunciará a ofrecer un programa literario de calidad. Eso sí, la calidad no parece incluir hablar de los libros que jamás podrían presentarse allí: los escritos por periodistas independientes, exiliados o autores censurados por pensar diferente. En esa feria hay espacio para Tolstói, Dostoievski y Pushkin, pero no para cualquier cubano que se atreva a escribir una novela donde el villano lleve uniforme verde olivo.
Este año Rusia será el país invitado de honor. Nada sorprendente. Si en política La Habana mira cada vez más hacia Moscú, era cuestión de tiempo que la literatura también siguiera el mismo camino. Entre clásicos rusos, películas soviéticas y homenajes oficiales, por momentos uno no sabe si está leyendo el programa de una feria del libro o el itinerario cultural de la Guerra Fría. Solo faltó anunciar que regalarán un diccionario ruso-español para que los cubanos vayan aprendiendo el idioma de sus nuevos benefactores.
Mientras tanto, las autoridades celebran que habrá más de dos millones de ejemplares disponibles. La pregunta es cuántos cubanos podrán comprarlos después de pagar el arroz, el aceite y el transporte. Porque una cosa es imprimir libros y otra muy distinta es que alguien tenga dinero para llevárselos a casa. En la Cuba de hoy, muchas familias tienen que escoger entre comprar una novela o comprar un paquete de salchichas, y la literatura, por muy noble que sea, casi siempre pierde esa competencia.
Al final, la Feria del Libro vuelve a convertirse en el escaparate perfecto de un país paralelo. Uno donde abundan los discursos, los homenajes y las cifras grandilocuentes, mientras la realidad sigue escribiendo una historia completamente distinta.
Afuera de los pabellones habrá apagones, escasez y salarios de miseria; adentro, miles de libros prometiendo un futuro brillante. Quizás la obra de ficción más grande de toda la feria no esté en los estantes, sino en el acto inaugural.






