La cautiva que se negó a ser rescatada

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Cuando las autoridades la devolvieron a México, creyeron haber rescatado a una niña cautiva. Pero Tomasa escapó para regresar con la familia comanche de la que acababan de separarla. Había nacido hacia 1844 en el norte de México. De niña, fue capturada durante una incursión junto a otro menor. La captura fue violenta, pero su vida posterior no encaja en una historia dividida entre secuestradores y salvadores.

Una familia comanche la adoptó, le enseñó su idioma y la incorporó a su comunidad. Allí pasó su infancia, hasta que fue entregada a las autoridades en la Agencia del Brazos, dentro de los intercambios para recuperar cautivos.

En las llanuras del siglo XIX, los niños capturados podían ser adoptados para sustituir familiares muertos o ampliar vínculos de parentesco. Tomasa no eligió ser llevada por los comanches. Pero cuando los funcionarios intentaron devolverla a su vida anterior, aquella vida ya no existía. Fue enviada a México, pero nadie encontró a su familia biológica. Terminó en una casa donde, según sus descendientes, fue tratada como sirvienta. La joven comenzó entonces a planear un regreso extraordinario.

El regreso

Durante una celebración, Tomasa y el muchacho que la acompañaba tomaron caballos y partieron hacia el norte. Cruzaron llanuras y montañas, sin mapa, sin certezas. Los relatos aseguran que los animales murieron y que sobrevivieron con su carne, usando las pieles para proteger sus pies. Una tradición dice que Tomasa soñó con un sendero y al despertar lo encontró. Lo cierto es que lograron regresar con los comanches. Llegaron exhaustos, desnutridos. Su travesía no fue una fuga: fue la demostración de que consideraban aquella comunidad su hogar.

Tomasa creció entre dos sociedades sin quedar reducida a ninguna. Hablaba comanche, conocía las costumbres mexicanas y se desenvolvió en el mundo de comerciantes y agentes federales. En 1859 se casó con Joseph Chandler, un intérprete relacionado con los comanches. Tuvieron cuatro hijos. Cuando se estableció una escuela en Fort Sill, ayudó como intérprete. Un maestro dejó escrito que podía comunicarse con los niños gracias a aquella mujer mexicana criada por los comanches. Pero la escuela formaba parte de una política que pretendía transformar a los indígenas. Tomasa ocupaba allí una posición compleja: ayudaba a los niños, pero trabajaba dentro de una institución que buscaba cambiar su forma de vida.

Tras la muerte de su primer esposo, se casó con George Washington Conover y desarrolló una explotación ganadera. Murió en diciembre de 1900. La vida de Tomasa no fue simplemente la de una mexicana capturada ni la de una cautiva devuelta. Fue la de una niña arrancada dos veces de un hogar y que, en la segunda ocasión, decidió por sí misma hacia cuál quería regresar.

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