
El circo de la familia Castro
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Miren qué bonito es el socialismo del siglo XXI: el presidente impuesto por el dedo divino de Raúl Castro, Miguel Díaz-Canel, se sube al podio, pone cara de circunstancias y suelta aquello de que «no se negociará jamás con el régimen fascista de Washington». Pero al otro lado del pasillo, como en un vodevil mal ensayado, su vicecanciller Fernández de Cossío —ese mismo que habla con la venia de la familia Castro— declara con una sonrisa de funcionario en campaña que Cuba está abierta a la inversión extranjera y que hasta el propio Trump, sí, el mismo fascista, el demonio de las 90 millas, el que ha sido coreado en todas las tribunas antiimperialistas, pues oigan, hasta él puede invertir en la isla si se le antoja.
¿En qué quedamos, muchachos? ¿Fascismo o business class? Porque si el enemigo es fascista, no se le invita a la mesa; pero si se le invita, entonces o el fascismo no era tan fascista, o la doctrina revolucionaria cabe en un bolsillo del pantalón.
El cubano común, ese que ha mamado consignas desde que nació, que ha desfilado con banderitas y ha gritado «¡Venceremos!» sin saber muy bien a quién, ese que ha visto a su vecino preso por decir que le gustaba la música de los Beatles, o por confesar su simpatía trumpista —¡delito de lesa patria en la isla, oigan bien!—, ese cubano de a pie hoy se frota los ojos y se pregunta: ¿cómo es posible que el castrismo, que toda la vida ha querido deslindarse del fascismo siendo lo más parecido a un régimen fascista que ha parido este hemisferio —con sus juicios sumarísimos, su prensa única, su partido único y su ausencia total de libertades—, ahora le eche la culpa de fascismo a Estados Unidos, pero le abra las puertas de par en par para que el gran capital extranjero, incluido el del propio Trump, venga a hacer negocios? La incoherencia no es un error, es el sistema.
Incoherencia total
Porque no estamos hablando de una contradicción menor, sino de una de las más sonadas de la historia política cubana: el castrismo llegó al poder en 1959 con el discurso de la justicia social, y una de sus primeras medidas fue nacionalizar tierras, fábricas, bancos y empresas estadounidenses. «¡Cuba para los cubanos!», gritaban mientras expropiaban sin indemnización y convertían la isla en una finca particular de los hermanos Castro y su corte.
Ahora, 67 años después, con las 176 medidas económicas de hace unas semanas y las últimas determinaciones, el régimen da un giro de 180 grados y quiere volver a donde mismo estaba cuando Fidel tomó el poder: abriendo la puerta al inversionista extranjero, privatizando de facto servicios, permitiendo que el capital foráneo —ese mismo que denominaban «imperialista»— haga lo que le venga en gana con los recursos de la isla. Vaya, que el socialismo triunfante resulta ser un capitalismo con chinchetas y sin democracia.
Pero veamos la ironía en su máxima expresión: durante décadas, el régimen construyó su identidad sobre el odio al yanqui. Los pioneritos aprendían a corear «Cuba sí, yanquis no» antes de saber sumar. Las bocinas de los carros y las pancartas en cada esquina repetían que el bloqueo era el gran culpable de todos los males. Y el «gusano» era el que osaba mirar hacia el norte con admiración.
Hoy, Fernández de Cossío se sienta en una mesa —o en un Zoom, que para el caso es lo mismo— y dice que Trump puede invertir, que el capital estadounidense es bienvenido, que las puertas están abiertas. ¿Acaso van a sacar de la cárcel a todos los que han sido condenados por «actitudes proyanquis»? ¿O acaso van a pedir disculpas públicas por haber llamado gusanos a quienes, sencillamente, anticiparon lo que el régimen hoy reconoce como una necesidad? No, claro que no. La hipocresía es el único patrimonio que no han nacionalizado.
Mentiras por todos lados
El nerviosismo del régimen es tan evidente que ni siquiera se toman la molestia de coordinar sus mensajes. Díaz-Canel habla para la tribuna, para la historia, para el cadáver de la revolución que aún se resiste a ser enterrado. Fernández de Cossío habla para el presente, para el inversionista extranjero, para el FMI, para el que pueda traer divisas.
Uno dice una cosa, el otro dice lo contrario, y los dos son parte del mismo engranaje, los dos responden al mismo centro de mando, los dos son voceros de la misma cúpula que no sabe si ser antiimperialista o procapitalista, si odiar a Trump o abrazarlo, si mantener las nacionalizaciones o devolver lo robado. Al final, el que paga los platos rotos es el cubano de a pie, que ve cómo se desmorona el relato mientras su bolsillo se vacía y su paciencia se agota. Y mientras tanto, el régimen baila al son que le tocan, cambiando de discurso como quien cambia de camisa, sin importarles que el pueblo los vea, los escuche y los juzgue.
Así que no me vengan con que el fascismo es el de allá, porque el fascismo, señores, también sabe vestirse de verde olivo y hablar de patria. El castrismo, que se ha pasado medio siglo demonizando al capitalismo y al imperio, ahora los invita a sentarse en su propia mesa, a tomar mojitos en El Floridita mientras el pueblo hace cola para un huevo.
Ellos pueden cambiar el discurso porque nunca creyeron en él; el pueblo, en cambio, no puede cambiar su hambre ni su desencanto. Y mientras el vicecanciller ofrece la isla al mejor postor, el presidente sigue diciendo que no negocia con fascistas. Qué bonito circo, qué bien ensayado el absurdo. Solo en Cuba un «gusano» va preso por trumpista, pero Trump es bienvenido a invertir. ¿Alguien me explica esta lógica? No, no pueden. Porque no la tienen.






