
La verdad detrá del ‘drama’ y la falacia del discurso oficial
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Acabo de ver este vídeo (https://www.facebook.com/reel/1056033586902764) y me resulta imposible quedarme callado ante semejante espectáculo de manipulación, descaro y sentimentalismo barato.
La intervención de esta funcionaria no busca explicar la tragedia cubana ni ofrecer una sola solución. Busca fabricar lástima, retorcer la realidad y presentar al régimen como víctima de una desgracia caída del cielo. Para lograrlo, utiliza el sufrimiento de un niño en terapia intensiva y la angustia de una madre. Me parece una bajeza convertir el dolor humano en material de propaganda para limpiarles la cara a quienes destruyeron el país.
Mientras exhiben ese drama ante el mundo, esconden los cacerolazos, los apagones interminables, los hospitales en ruinas, la falta de medicamentos, el hambre y los presos políticos. De eso no hablan. Para esa parte de la tragedia no hay cámaras, lágrimas ni discursos conmovedores.
Y, por supuesto, nunca faltan los izquierdistas radicales ni los turistas políticos extranjeros dispuestos a aplaudir la función. Llegan a Cuba, los pasean por hoteles, salones refrigerados y hospitales previamente maquillados, y después regresan a sus países hablando de “resistencia heroica”, mientras el cubano de a pie cocina con carbón, duerme sin electricidad y busca medicinas hasta debajo de las piedras.
La culpa a otros… como siempre
Esta señora culpa a “alguien situado a miles de kilómetros” por los apagones en los hospitales y la falta de insumos. Yo pregunto: ¿quién dirige Cuba?, ¿quién controla la economía?, ¿quién administra los hospitales?, ¿quién decide dónde se invierte cada dólar?, ¿quién ha gobernado sin oposición durante más de seis décadas?
Porque, hasta donde yo sé, Washington no dirige el Ministerio de Salud Pública, no administra las termoeléctricas cubanas, no nombra a los ministros ni controla el presupuesto nacional. La máquina que se apaga en medio de una operación no la desconectó una mano misteriosa desde Estados Unidos. La apagaron décadas de incompetencia, corrupción, abandono y prioridades torcidas.
En el vídeo también intentan presentar a Miguel Díaz-Canel como un espectador preocupado, casi como otro pobre cubano sorprendido por la desgracia. ¡Qué descaro!
Díaz-Canel no es un vecino que pasaba por allí. Es el presidente de la República y el primer secretario del Partido Comunista, la organización que controla la sociedad y el Estado. Tiene cargos, poder, ministros, generales, presupuesto y aparato represivo. Por tanto, también carga con la responsabilidad.
Ese teatro me indigna
No puede aparecer delante de una cámara fingiendo preocupación por un desastre que su propio gobierno administra. Si algo sale bien, se atribuyen el mérito. Cuando todo se viene abajo, la culpa es del “enemigo”. Esa es la vieja estafa castrista: ellos mandan, pero nunca responden.
También me indigna que les pidan a los cubanos; médicos, científicos, ancianos y madres, que llamen “heroísmo” a levantarse de madrugada para cocinar con carbón, pasar doce horas sin electricidad o caminar kilómetros porque no existe transporte.
Eso no es heroísmo. Eso es miseria impuesta y conformismo forzado.
El verdadero heroísmo sería protestar contra quienes provocaron semejante desastre. Pero cuando el pueblo protesta, lo golpean, lo encarcelan y lo acusan de mercenario. Primero lo empobrecen, después le exigen que resista y, finalmente, lo convierten en protagonista de sus miserables campañas propagandísticas.
Y si quieren hablar de genocidio, que empiecen por mirar hacia dentro. Que hablen de una nación destruida, de familias separadas, de jóvenes que solo piensan en escapar, de ancianos abandonados y de un pueblo obligado a sobrevivir entre apagones, represión, hambre y desesperanza.
A mí ya no me conmueve ese teatro. Me indigna.
La libertad, sobre todas las cosas
Hoy, junto al ruido de las cazuelas, no solo se escuchan reclamos de comida, electricidad y libertad. Se escucha a todo un pueblo pidiendo ayuda a gritos. Y si de algo debemos responsabilizar a esas fuerzas externas situadas a miles de kilómetros, no es de haber provocado el desastre cubano, sino de permanecer demasiado tiempo de brazos cruzados ante el llamado desesperado de una nación secuestrada.
Es curioso ver con qué naturalidad la dirigencia cubana habla de hospitales sin electricidad, pero nunca explica en qué gasta el combustible. Para mover patrullas, motos y camiones llenos de represores nunca falta gasolina; las calles se llenan de ellos cada vez que el pueblo protesta. Sin embargo, en un quirófano se apaga una planta y un médico termina usando un «Bacoup» para mantener con vida a un paciente. Con una parte del combustible que derrochan en reprimir podrían mantener funcionando los equipos de un hospital. Pero esa es la prioridad de la dictadura: primero proteger el poder; después, si queda algo, salvar vidas.
El pueblo cubano no necesita más discursos victimistas, lágrimas ensayadas, comunicados diplomáticos ni culpables inventados. Necesita comida, medicinas, electricidad, justicia y ayuda para librarse de quienes lo reprimen, lo empobrecen y después utilizan su sufrimiento como propaganda.
Pero, por encima de todo, necesita una cosa que el régimen jamás podrá garantizar mientras continúe en el poder: ¡LIBERTAD!






