
La momia que grita: el secreto que Egipto no pudo callar
Por Rafa Junco ()
Madrid.- En el antiguo Egipto no todo eran pirámides de oro y faraones con barba postiza. También había secretos. Y uno de los más espeluznantes es esta vieja conocida: la momia que grita. La encontraron en el siglo XIX, pero lo que vieron los arqueólogos los dejó fríos. No era una momia cualquiera. Esta vieja tenía la cara congelada en un alarido. Boca abierta. Gestos de agonía. Como si la muerte la hubiera agarrado en el peor momento de su vida.
¿Y lo peor? No la trataron como a las demás. Las momias finas se iban al otro mundo con rituales, con cantos, con vendajes de seda y amuletos hasta en los dientes. Pero a esta la enterraron de afán. Sin flores. Sin rezos. Envueltas como a las apuradas. Eso en Egipto es como mandarte al infierno sin boleto de regreso. Algo hizo. Algo le hicieron. Y por algo quedó con ese gesto de película de terror.
Los académicos, como siempre, le buscan lógica. Unos dicen que era un príncipe o un noble que la regó feo. Traición. Golpe de estado. Lengua larga. Y el castigo fue morir sin honores para que el alma vagara como perro sin dueño. Otros, más científicos, alegan que fue la deshidratación del proceso, que la boca se abre sola, que no hay grito. Pero no me vengan con cuentos. ¿Entonces por qué solo ella? ¿Por qué esa cara? El that’s the question, como dicen los gringos.
Los gritos del silencio
Pasa el tiempo y la momia sigue callada pero gritando. Porque esa es la vaina: no necesita voz para dar miedo. Su silencio es un grito que lleva siglos atravesando paredes. Y uno la mira y piensa: ¿qué fue lo último que vio? ¿Un cuchillo? ¿Una traición? ¿La cara de alguien que decía quererla? El antiguo Egipto era un imperio de luz, pero esta momia es el recuerdo de que también había sótanos.
Entre la ciencia y la leyenda, ella sigue ahí. Mostrando que no todos los faraones fueron justos, que no todas las tumbas fueron dignas, y que el horror también se momifica. Por eso la momia que grita no es solo un bicho de museo. Es un espejo. De lo que callamos. De lo que nos hacen callar. Y de lo que un día, así sea mil años después, termina gritando más fuerte que ningún ritual.






