
Cicerone: el arte de hablar hasta por los codos (con permiso de Marco Tulio)
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Cuentan los cronicones de la Antigua Roma que Marco Tulio Cicerón era mucho más que un político ambicioso y un abogado temible: era el tipo que abría la boca y la audiencia se quedaba embobada. Su oratoria era tan fina, tan elevada y tan erudita que, siglos después de que le cortaran el pescuezo —y las manos, no nos olvidemos de las manos—, su nombre se convirtió en sinónimo de guía culto.
Porque si Cicerón te enseñaba el Foro, no te decía simplemente «ahí hay una columna rota»; te soltaba una disertación de tres horas sobre el origen del mármol, la genealogía del cónsul que la erigió y la metáfora política que encerraba cada capitel.
Así nació el término cicerone, que pasó al italiano con toda naturalidad y hoy designa a ese guía turístico que no se limita a señalar monumentos, sino que te los explica con tal profundidad que casi puedes oler el incienso de los templos y escuchar los discursos en el Senado.
El salto del apellido al diccionario no fue casualidad. Durante el Renacimiento, cuando los aristócratas europeos hacían el Grand Tour por Italia para empaparse de cultura clásica —y de paso darse algún que otro capricho—, necesitaban a alguien que descifrara las ruinas, las pinturas y las iglesias. Los guías locales, muchos de ellos eruditos y humanistas con más latín que un misal, empezaron a ser llamados ciceroni precisamente porque su labor recordaba a la del gran orador romano: ilustrar, enseñar y deslumbrar con la palabra.
El término arraigó con tanta fuerza que acabó incorporándose a otras lenguas europeas. En inglés, por ejemplo, cicerone sigue utilizándose para designar al guía especializado que acompaña a viajeros exigentes, esos que no se conforman con cuatro fechas y una anécdota de dudoso rigor histórico. Y en español, aunque la RAE lo recoge como «persona que enseña y explica las curiosidades de una localidad», su uso ha quedado restringido a contextos cultos y literarios. Pero ahí sigue, latente, esperando que alguien reivindique su elegancia frente al prosaico «guía turístico».
Los cicerones modernos
A lo largo de la historia, ha habido cicerones que merecerían plaza en el Olimpo de la erudición. Johann Joachim Winckelmann, el padre de la arqueología moderna, ejerció como cicerone en Roma para nobles alemanes y británicos mientras sentaba las bases científicas del estudio del arte clásico. El escultor Antonio Canova no solo esculpía mármol como los dioses, sino que acompañaba a visitantes ilustres por los Museos Vaticanos explicándoles los secretos de las obras maestras.
En España, el pintor Francisco de Goya, en sus años jóvenes, ejerció de una suerte de cicerone improvisado para viajeros extranjeros que querían conocer los entresijos de la corte y las colecciones reales. Más cerca en el tiempo, escritores viajeros como Richard Ford —autor del célebre Manual para viajeros por España— actuaron como cicerones a distancia, guiando a generaciones de británicos por una España de bandoleros, ventas y catedrales góticas con una prosa tan afilada que aún hoy se lee con placer.
Hoy, el término cicerone sobrevive con dignidad en rincones muy concretos. En Italia, la Associazione Nazionale Guide Turistiche sigue utilizando la denominación cicerone para sus asociados más cualificados.
En el mundo anglosajón, la prestigiosa editorial Cicerone Press se ha especializado en guías de montaña y senderismo, esas que te llevan por los Alpes o los Pirineos con mapas milimétricos y consejos que te salvan la vida. Y en la Ciudad del Vaticano, los guías oficiales que acompañan a las visitas VIP por los Museos y la Capilla Sixtina siguen siendo conocidos como ciceroni.
Así que ya saben: la próxima vez que contraten a un guía que les cuente algo más que cuatro tópicos, llámenle cicerone. Seguro que se le dibuja una sonrisa de orgullo. Y si no, siempre pueden preguntarle si conoce la anécdota de la columna rota. Si tarda más de diez minutos en responder, es que han dado con el auténtico.






