El niño prodigio que también fue un gamberro

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- No, querido lector, este sutil poema no lo ha escrito un punki trasnochado en la pared de un baño de discoteca. Estas tiernas palabras de buenas noches salieron, ni más ni menos, de la pluma de Wolfgang Amadeus Mozart: «Bien, te deseo buenas noches, pero antes, cágate en la cama hasta que reviente. Duerme profundamente, mi amor, y métete el culo en la boca».

El niño prodigio que hacía llorar a los ángeles con sus sinfonías resulta que, además de tener oído absoluto y una facilidad pasmosa para componer obras maestras mientras tomaba una cerveza, tenía una fijación tremenda con el reverso de la anatomía humana. Ese lugar donde, como decía un profesor de mi infancia, «la espalda pierde su digno nombre».

La destinataria principal de tan escatológicas rimas era su adorada Bäsle —su primita—, Maria Anna Thekla Mozart. El padre del compositor, Leopold, que ya veía venir el percal, se encargó de poner tierra de por medio entre los dos jóvenes porque la unión no auguraba nada limpio. Y no le faltaba razón. El retrato del sedurador era idílico: un Mozart menudo, con una napia de proporciones bíblicas, una oreja izquierda deforme de nacimiento, la cara picada por la viruela y, como guinda del pastel, un catálogo de piropos centrado exclusivamente en el esfínter. Se conservan nueve cartas a su prima donde el chaval se quedaba a gusto.

Solo quería divertirse, nada de síndrome

Pero la cosa no era solo epistolar. Cuando el genio se ponía juguetón con el pentagrama, la liaba parda. Compuso varios cánones musicales para cantar entre amigos durante sus juergas nocturnas. Los títulos eran tan sugerentes como «Leck mir den Arsch» («Lámeme el culo») o, para los más tiquismiquis de la higiene, «Leck mir den Arsch fein recht schön sauber» («Lámeme el culo hasta dejarlo bien limpio»).

Imagínense a un grupo de músicos vieneses, regados de cerveza en una taberna lúgubre, entonando semejantes lindezas a cuatro voces perfectas. Eso es Mozart: la sublimidad y la grosura agarradas de la mano.

Cuando la posteridad se topó con este festival del detrito, a los historiadores del siglo XIX les dio un síncope. La corriente mayoritaria recuerda que en la cultura popular bávara y suaba de la época, el humor escatológico era el pan de cada día. Pero en los ochenta y noventa, a algunos psiquiatras modernos les dio por buscar explicaciones médicas: ¿y si tenía síndrome de Tourette?

Los defensores de esta teoría imaginaban a Mozart diciendo: «Me encantaría verte esta tarde, CULO CACA CULO, pero creo que tengo que ir a casa de mi abuela, CULO CACA CULO…» La Asociación Internacional del Tourette analizó los textos y los cánones y mandó la teoría al carajo. Mozart no tenía tics. Lo suyo era pura, consciente y deliberada diversión. Escribía esas guarradas porque le salía de las gónadas.

Dos versiones en la misma persona

La hipocresía histórica llega a niveles delirantes. Cuando se estrenó en Londres la obra Amadeus, donde se retrata a un Mozart genial pero grosero y deslenguado, Margaret Thatcher salió del teatro hecha una furia.

La Dama de Hierro acusó al director de tomarse licencias intolerables. «Es inconcebible que un hombre que escribió esa música tan exquisita pudiera ser así», bramaba. El director, con una sonrisa canalla, le puso delante las cartas originales firmadas por Mozart. Ni por esas. Thatcher prefirió seguir viviendo en su mentira de porcelana.

Pero la verdad es que el autor de La flauta mágica era un auténtico gamberro obsesionado con el culo. Y aun así, siguió escribiendo música celestial. Eso, amigos, es el verdadero genio: el que puede ser divino y escatológico en la misma carta.

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