
Díaz-Canel, ¿tú quieres mi firma?
Por Oscar Durán
La Habana.- Otra vuelta de tuerca. Como si no bastara con los apagones, la escasez y el desgaste diario, ahora aparece esta nueva “iniciativa” donde te ponen un papel delante para que firmes algo que ni te explican. Un compromiso difuso, envuelto en consignas, donde el ciudadano pasa de sobreviviente a supuesto defensor de una patria que hace rato no lo defiende a él. Y así, entre presión y silencio, intentan construir una épica que no existe.
El mecanismo es viejo, pero no por eso deja de ser indignante. Te llaman, te miran, te insinúan. Nadie te obliga directamente, pero todos saben lo que pasa si dices que no. Es el mismo libreto de siempre: disfrazar la obediencia de patriotismo y vender el miedo como responsabilidad. Firmar sin saber, asentir sin creer, participar sin querer. Un teatro político donde el guion está escrito desde hace décadas.
Lo más preocupante no es el papel en sí, sino lo que representa. Detrás de esa firma hay una narrativa peligrosa: la de preparar al pueblo para conflictos que solo existen en el discurso oficial. “El enemigo”, “la amenaza”, “la defensa de la soberanía”. Palabras grandes que se repiten tanto que terminan perdiendo sentido, mientras la gente lo único que quiere es resolver el plato de comida del día siguiente.
Y claro, hay un punto donde la paciencia se rompe. Una cosa es sobrevivir en silencio y otra muy distinta es prestarse para un circo que no te representa. El cubano ha aprendido a esquivar, a adaptarse, a decir “sí” por fuera y “no” por dentro. Cada vez cuesta más sostener esa doble cara cuando las exigencias del sistema empiezan a tocar fibras más profundas.
Al final, esto no va de firmas ni de papeles. Va de dignidad. De hasta dónde está dispuesto alguien a seguir participando en una maquinaria que no le devuelve nada. Ahí es donde el discurso oficial se queda sin respuestas. Puedes controlar muchas cosas, pero no la conciencia de quien ya entendió que todo esto, más que compromiso, es otra forma de control.
Por eso, se lo digo a quien se atreva a venir a mi casa con hoja y lápiz. «¿En serio quieren mi firma?» Chúpenla, hijos de sus reverendas madres.






