Comparte esta noticia

Por Yeison Derulo

La Habana.- Tenía que pasar. En un país donde la miseria se volvió paisaje y la resignación política de Estado, aparece ahora el nieto de la dinastía a repartir comida como si estuviera descubriendo el hambre. Sesenta y siete años después, alguien de la familia que ha controlado hasta el último suspiro de la isla decide soltar una migaja en plena calle habanera. Y lo hace, claro, con cámara en mano, con discurso prefabricado y con esa necesidad enfermiza de aprobación que solo tienen los que saben —muy en el fondo— de dónde viene todo el desastre.

Sandro Castro habla de amor, de bondad y de solidaridad. Palabras bonitas, de esas que caben en cualquier cartel o en cualquier post de redes sociales. Sin embargo, la realidad no se escribe con hashtags. La realidad se vive con apagones de doce horas, con colas infinitas por un pedazo de pollo, con hospitales que no tienen ni una aspirina. Entonces, cuando uno ve a este muchacho repartir comida, no puede evitar pensar que está intentando apagar un incendio con un vaso de agua… después de que su propia familia prendiera la llama.

Las reacciones no se hicieron esperar, porque el cubano, aunque esté golpeado, no es tonto. “Arreglando lo que el abuelo destruyó”, le dicen. Y es que no hay mejor resumen que ese. Aquí no estamos hablando de caridad, estamos hablando de responsabilidad histórica. No se trata de dar comida un día; se trata de devolverle a un país lo que le quitaron durante décadas. Libertad, dignidad y oportunidades. Todo lo demás es maquillaje.

Hay algo incluso más preocupante: la normalización de estos gestos como si fueran actos heroicos. No, no lo son. Darle comida a quien tú mismo contribuiste a empobrecer no es altruismo, es cinismo. Hacerlo frente a una cámara lo convierte en propaganda. Si de verdad hubiese intención de ayudar, no haría falta grabarlo, ni anunciarlo, ni convertirlo en espectáculo. La ayuda real no necesita aplausos; la propaganda sí.

Mientras tanto, Cuba sigue cayéndose a pedazos. La gente no necesita influencers con apellido pesado ni shows de buena voluntad. Necesita cambios estructurales, decisiones valientes y, sobre todo, el fin de un sistema que ha demostrado ser incapaz de sostener a su propio pueblo. Lo demás es ruido. Y el ruido, en un país que lleva décadas gritando en silencio, ya no engaña a nadie.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy