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Por Joaquín Santander ()

Caracas.- Emiratos Árabes Unidos ha tirado la toalla. No con estruendo, no con rueda de prensa ni con desaires públicos. Simplemente, un día cualquiera, la agencia WAM soltó la bomba: a partir del 1 de mayo, Abu Dabi dice adiós a la OPEP y a la OPEP+. Y el mundo petrolero, ese tablero donde se mueven intereses milmillonarios y se juegan el equilibrio de continentes enteros, ha temblado.

Tembló el mundo porque cuando el tercer productor más importante de la organización decide marcharse, no es una anécdota, es un terremoto. Y atención, que esto no se queda aquí. Esto, amigos, es el principio del fin de la disciplina colectiva, la primera grieta en el muro de la unidad que durante décadas sostuvo a este cártel con ínfulas de ministerio mundial del crudo.

Porque la cuestión no es solo que se vaya Emiratos. Lo grave es el mensaje que lanza al resto: si ellos pueden, ¿por qué no nosotros? Y de repente, todos los países que están aguantando el tipo a regañadientes, recortando producción mientras sus arcas se vacían y sus ciudadanos aprietan el cinturón, empezarán a hacer cuentas.

Porque el problema de la OPEP siempre ha sido el mismo: los grandes productores ponen las reglas, y los pequeños aprietan los dientes. Pero cuando un grande como Emiratos decide que le sale más rentable mirar por su ombligo que por el colectivo, la disciplina salta por los aires. Y entonces, empieza la guerra: no de precios, que ya vendrá, sino de cuotas. Que cada uno saque lo suyo, que el que pueda producir, que produzca. Adiós solidaridad, hola ley de la selva.

La OPEP se queda coja

Hay que contextualizar esto en un momento geopolítico que es pura dinamita. Por un lado, Estados Unidos y China, los dos gigantes que se disputan cada gota de influencia en el planeta. Por otro, una Rusia sancionada hasta las cejas que necesita vender crudo como sea. Y en medio, los países productores, que ya no saben a quién besarle el anillo.

Emiratos ha hecho su cálculo: mejor asegurar la financiación inmediata de sus megaproyectos nacionales, esos que les permiten soñar con una economía postpetrolera, que seguir atado a unos recortes que benefician sobre todo a Arabia Saudí. Porque aquí hay una grieta histórica: Riad quiere precios altos, Abu Dabi quiere volumen. Y cuando los intereses chocan, la alianza se rompe. Así de claro.

Y ojo al dato: Emiratos no se va con las manos vacías. Es de los pocos miembros de la OPEP con capacidad real para aumentar producción en caso de crisis. Así que con su salida, la organización pierde músculo, pierde flexibilidad, pierde capacidad de reacción inmediata.

En un mundo donde cualquier disturbio en el estrecho de Ormuz o un huracán en el Golfo de México puede desatar el caos, eso es como si un ejército perdiera a su unidad de élite. La OPEP seguirá siendo influyente, claro, pero ya no será ese bloque monolítico que podía sentarse frente a Washington o Pekín con la cabeza alta. Ahora tendrá que negociar con un pie cojo, y eso lo saben todos. También los chinos, que son muy listos.

Apenas comienza la partida

La cuestión de fondo es más vieja que el petróleo mismo: ¿interés colectivo o interés nacional? Durante décadas, la OPEP logró mantener el equilibrio a base de sacrificios compartidos. Pero los tiempos cambian, y los países productores ya no quieren ser rehenes de decisiones que no controlan. EAU ha tomado la puerta, y detrás de ella pueden venir otros: Irak, que siempre ha mirado con envidia las cuotas ajenas; Kuwait, que no está para muchos trotes; incluso Rusia, que aunque no es miembro oficial de la OPEP, juega en la liga de la OPEP+ y tiene sus propios intereses.

Cuando la confianza se rompe, la disciplina se deshace como un azucarillo en el café. Y entonces, prepárense para una nueva etapa de competencia abierta, de contratos individuales, de cada uno por su cuenta. La guerra de cuotas está servida.

Así que, resumamos: Emiratos se va, la OPEP pierde fuerza, los precios bailarán al son del que tenga más capacidad de bombear, y los pequeños productores temblarán. Pero no nos engañemos: en el fondo, esto es solo un síntoma de algo más profundo.

El mundo energético está cambiando, las alianzas se reconfiguran, y los países quieren recuperar la soberanía sobre sus recursos.

La OPEP nació en 1960 para coordinar y estabilizar. Sesenta y seis años después, ese modelo hace aguas. Lo que viene no es ni mejor ni peor, es simplemente distinto. Pero una cosa es segura: el tablero se ha movido, y los peones están empezando a caer. Que cada cual ajuste su termo, que la partida apenas comienza.

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