
Crónica de una Cuba a oscuras
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- En cualquier calle de cualquier pueblo cubano, el mediodía huele a carbón. No a café recién hecho, no a pan, no a esa guayaba que antes endulzaba el aire cuando la electricidad era un derecho y no una lotería.
Huele a humo negro, a leña quemada, a la desesperación de una madre que enciende un fogón improvisado porque no hay gas y porque el petróleo, ese que los dirigentes usan para mover sus caravanas blindadas, nunca llega a las cocinas de los que realmente lo necesitan.
Los niños, esos que deberían estar en un parque o en una escuela con pupitres nuevos, se asoman a las puertas con los ojos hundidos y las costillas marcadas, como si esperaran que un plato de comida, cualquier plato, les cayera del cielo. Y el cielo, por ahora, sigue mudo.
Pero la noche es otra historia. No la noche temprana, cuando la oscuridad aplasta las conciencias y los televisores siguen apagados. Me refiero a las tres de la madrugada, esa hora en que los dioses castigan a los insomnes y premian a los que no se rinden.
A esa hora, en cualquier barrio, empieza a sentirse un olor que te despierta el alma: frijoles negros cocinándose a fuego lento, con comino, con hoja de laurel, con ese cariño que solo ponen las madres cuando saben que esta puede ser la única comida del día.
Han esperado la electricidad como quien espera un milagro. Y cuando llegó, a las dos y media de la madrugada, no durmieron. Pusieron la olla, encendieron la ducha -si tiene agua-, prepararon el café. Porque en Cuba, la rutina ya no la marca el sol. La marca el interruptor.
En espera de una luz
Hay madres que sirven arroz, frijoles y un pedazo de pollo —a veces pollo, a veces lo que parezca pollo— antes de que los niños salgan para la escuela. No importa que sean las seis de la mañana y que el sol apenas se asome. Ellas razonan con una lógica de sobrevivientes: «En dejar de comer, por haber comido, no hay nada perdido».
Y tienen razón. Porque si vas a hacer una sola comida al día, lo mismo da que sea al amanecer que al anochecer. Lo importante es que los pequeños tengan algo en el estómago cuando se sienten frente a una maestra que también llegó en ayunas, y que apenas tiene tiza para escribir en una pizarra que ya vio mejores tiempos.
A esa misma hora, entre las tres y las seis de la madrugada, las casas se convierten en un hervidero de actividades prohibidas para el resto del día. Las madres lavan porque la lavadora al fin tiene electricidad. Se bañan con ducha eléctrica —eso sí, agua caliente, el pequeño lujo de la madrugada— y luego preparan el mejor café del día. O tal vez el único. Un café oscuro, fuerte, amargo, que a veces toman sin azúcar porque el azúcar se acabó hace tres días y la libra cuesta lo que no tienen. Pero lo toman igual. Porque el café es el único lujo que les queda. El único placer que no les ha robado el apagón.
Y mientras el pueblo se despierta con el humo del carbón y las ollas de la madrugada, la cúpula gobernante desayuna en otro país. Ellos no saben lo que es hervir agua a las tres de la mañana para que un niño pueda bañarse antes de ir a la escuela. Ellos no han olido nunca el humo del carbón mezclado con el sudor de una madre que no duerme.
Ellos comen langosta, beben whisky, cocinan con gas importado y chefs famosos que jamás han pisado una cocina de madrugada. Esto no es un apagón. Es un crimen de lesa humanidad. Porque no se puede pedir resistencia, sacrificio y dignidad a un pueblo al que se le niega lo más básico. Y mientras ellos se dan la gran vida, Cuba sigue esperando. Esperando que la corriente vuelva. Que la comida llegue. Que la madrugada deje de ser la única hora para vivir. O esperando algo más grande… Una luz cegadora, tal vez de madrugada, com en otros lugares.






