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Por José Poveda Cruz

Holguín.- Hay imágenes que uno contempla como si estuviera cometiendo una pequeña traición. Las fotografías del cadáver de José Martí pertenecen a esa clase de imágenes. No por morbosas —el morbo es otra cosa, una curiosidad casi vulgar—, sino porque obligan a mirar de frente una verdad que los hombres pasan la vida intentando olvidar: que incluso los seres más grandes terminan sometidos a la fragilidad brutal de la carne.

Todavía hoy, tantos años después, ver aquella imagen me produce un dolor extraño y persistente. Es un dolor difícil de explicar porque Martí no fue únicamente un hombre; o, mejor dicho, fue un hombre que consiguió convertirse en algo más que sí mismo. Hay personas que nacen, viven y mueren dentro de los límites de su tiempo. Otras, rarísimas, parecen romper esos límites y empiezan a pertenecer a la memoria, a la conciencia y hasta a la esperanza de los pueblos. Martí fue una de ellas.

Por eso hay algo profundamente perturbador en imaginar aquellos días finales. La confusión de Dos Ríos, el estruendo de los disparos, el caballo avanzando hacia un destino que parecía aguardarlo desde mucho antes de que él lo sospechara. Y después el silencio. Porque la muerte, por grandiosa que haya sido una vida, llega siempre envuelta en un silencio terrible.

Se conoció la noticia y comenzó el desconsuelo. Carmen, su esposa, escribió unas líneas breves, despojadas de toda retórica, como suelen ser las palabras nacidas del dolor verdadero. Quería recuperar el cuerpo de su marido para enterrarlo en el panteón familiar. No pedía honores ni discursos; pedía algo infinitamente más humano: poder despedirse.

Mientras tanto, algunos cubanos movían influencias y voluntades para identificar el cadáver. Antonio Bravo Correoso y Joaquín Castillo Duany consiguieron finalmente llegar hasta el lugar donde reposaban los restos del hombre que había soñado una nación libre. Y entonces ocurrió una de esas escenas que la historia conserva con una crudeza insoportable.

Una caja rústica de madera, sellada con tiras de lata. Nada de solemnidades. Nada del esplendor reservado a los héroes cuando el tiempo ya ha decidido convertirlos en estatuas. Un soldado levantó la tapa.

Allí estaba.

El más grande de los cubanos descansaba boca arriba, con el cabello peinado hacia atrás, el rostro alterado por la muerte y por el inútil esfuerzo del embalsamamiento. El hombre que había escrito páginas luminosas sobre la dignidad humana aparecía reducido a la condición elemental que iguala a todos: un cuerpo vencido.

Y sin embargo, acaso ahí reside una de las paradojas más profundas de la historia humana: Martí parecía más invencible que nunca.

Porque la muerte había derrotado al hombre, pero no había conseguido tocar aquello que verdaderamente importaba. Había detenido un corazón, pero no una idea. Había inmovilizado un cuerpo, pero no una voluntad.

Cuando llegó la hora del entierro, el coronel español Ximénez de Sandoval preguntó si alguien deseaba despedir el duelo. Nadie respondió. Tal vez el dolor era demasiado grande. Tal vez las circunstancias imponían un silencio pesado. Entonces el propio militar asumió la tarea y pidió a los presentes que vieran no al enemigo, sino al hombre a quien las luchas políticas habían colocado frente a los soldados españoles.

Hay algo profundamente humano en ese instante. Porque incluso en medio de las guerras y las pasiones, incluso entre hombres que se enfrentan, aparece a veces una breve claridad que recuerda una verdad esencial: antes que enemigos, antes que banderas y consignas, somos criaturas efímeras caminando hacia el mismo destino.

La fotografía sigue siendo perturbadora. Lo seguirá siendo siempre. Pero quizás no por mostrarnos la muerte de Martí, sino por recordarnos algo más difícil de aceptar: que hasta las figuras más inmensas son mortales.

Y, sin embargo, algunas derrotas de la carne terminan convirtiéndose en victorias del espíritu.

La de Martí fue una de ellas. Porque aquel 19 de mayo cayó un hombre sobre la hierba de Dos Ríos, pero se levantó una luz que todavía no ha dejado de alumbrar a Cuba.

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