
Los drones y el avispero que no quería ver nadie
Por Max Astudillo ()
La Habana.- La filtración en Estados Unidos sobre los trescientos drones de origen iraní o ruso que reposan en suelo cubano no ha sido una sorpresa, sino la confirmación de un secreto a voces. Lo interesante no es que existan, sino la manera en que el gobierno de La Habana ha decidido reaccionar: con una frase escueta, casi defensiva, que habla de su derecho a defenderse. Y ahí, en esa declaración tan pequeña como gruesa, está la confesión. Porque quien dice «tengo derecho a defenderme» con ese tono, ya está admitiendo que tiene las uñas largas.
El castrismo ha confirmado más de lo que quería decir. No solo cuenta con esos aparatos —que nadie creía fruto de la paranoia del sur de Florida—, sino que ha dejado claro que no le temblaría la mano a la hora de usarlos. Esa frialdad, esa seguridad en la amenaza implícita, no es bravuconería de discurso: es la postura de quien ya midió el tablero y sabe que está jugando su última partida. Porque si algo tiene el poder cubano actual, no es soberbia, sino la conciencia fúnebre de que el tiempo corre en contra.
Sin embargo, el miedo se ha instalado en las alturas como una humedad que no se va. No hay ninguno de los que dirigen —desde el canciller Bruno Rodríguez hasta el vicecanciller Miguel Fernández de Cossío, pasando por los personeros de segunda línea— que no vea cerca su final. Lo perciben en cada llamado que no llega, en cada gesto de lealtad que ahora tarda un segundo de más. La seguridad que proyectan en público es inversamente proporcional al pánico que los carcome en privado. Y eso, en el oficio de observar regímenes, es el síntoma más letal.
La suerte está echada
La suerte del castrismo está echada, y no solo por los drones. Este episodio se suma a las presiones, a las sanciones renovadas, a la amenaza concreta de juzgar a Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996.
Cada uno de esos clavos, por sí solo, quizá no hundiría el ataúd. Pero todos juntos, golpeando a la vez, están haciendo crujir la madera. El régimen lo sabe, y por eso su discurso ya no es de victoria, sino de resistencia.
Ahora sí, y lo digo con la certeza de quien ha visto caer gobiernos más sólidos que este, parece que al gobierno comunista de la isla le llegó el final. No por deseo, sino por geometría. La mayoría clama por ello, incluso dentro del país, incluso entre aquellos que alguna vez creyeron. Los drones no serán su salvación, sino el epígrafe de su epitafio. Y cuando la historia escriba esta página, dirá que no fue un misil lo que los derribó, sino el peso insostenible de su propia sombra.






