
La patria no necesita ídolos, sino ciudadanos
Por Radamé Hernández
Las Vegas.- El cubano ha vivido durante demasiado tiempo sometido a sistemas que exigen obediencia antes que razonamiento. Décadas de dictadura, caudillismo, propaganda y polarización han dejado una huella profunda en nuestra manera de entender la política. Incluso quienes aseguran combatir el autoritarismo pueden terminar reproduciendo sus métodos: descalifican al que discrepa, convierten a sus líderes en figuras intocables y consideran cualquier crítica como una traición.
Nos oponemos a la dictadura, pero muchas veces cargamos dentro de nosotros una pequeña versión del dictador.
El problema comienza cuando dejamos de defender ideas y comenzamos a adorar personas. Una propuesta política puede analizarse, discutirse, corregirse o abandonarse. Un ídolo, por el contrario, debe protegerse. Cuando alguien coloca a un líder sobre un altar, ya no evalúa sus argumentos ni sus acciones. Solamente busca justificarlo y atacar a quien se atreva a cuestionarlo.
Entonces la conversación política deja de ser un intercambio de razones y se transforma en una guerra de lealtades.
Si apoyas a determinada persona, algunos esperan que ataques a quien no la apoye. Si la defiendes, consideran obligatorio destruir moralmente a quien la critique. No importa que el discrepante también desee la libertad de Cuba, que haya sufrido persecución o que comparta la mayoría de nuestros objetivos. Basta una diferencia para convertirlo en enemigo.
Así se forman trincheras donde deberían existir mesas de diálogo
Esta conducta no nació únicamente con el castrismo, aunque la dictadura la llevó hasta sus extremos más destructivos. Forma parte de una cultura política marcada por el caudillismo, la intolerancia y la tendencia a dividir la sociedad entre fieles y traidores. El régimen enseñó durante décadas que quien no estaba completamente de acuerdo estaba necesariamente en contra. Muchos cubanos abandonaron el comunismo, pero no consiguieron abandonar esa lógica.
Cambiaron de bandera, pero conservaron el mismo método.
Por eso encontramos personas que hablan de democracia mientras intentan silenciar a quienes piensan distinto. Defienden la libertad de expresión para ellos, pero se indignan cuando esa libertad es utilizada para cuestionar a sus líderes, organizaciones o estrategias. Reclaman pluralismo frente a la dictadura, pero exigen uniformidad dentro de la oposición.
No comprenden que la democracia no consiste en que todos pensemos igual, sino en que podamos pensar diferente sin intentar destruirnos.
Cuba nunca ha disfrutado de una democracia estable y prolongada que enseñe a varias generaciones a convivir con el desacuerdo. No hemos aprendido suficientemente que perder una votación no significa perder la patria; que criticar a un dirigente no equivale a traicionar una causa; y que reconocer alguna validez en el argumento contrario no debilita nuestras convicciones, sino que demuestra madurez intelectual.
La democracia no es solamente una forma de elegir gobernantes. Es una disciplina moral.
Implica aceptar que nadie posee toda la verdad. Obliga a escuchar, debatir, negociar y reconocer límites. Exige separar a las personas de sus ideas, porque una idea puede ser equivocada sin que quien la defiende sea necesariamente perverso. También requiere comprender que podemos coincidir en el objetivo final y discrepar profundamente sobre el camino para alcanzarlo.
La unidad que Cuba necesita no puede confundirse con unanimidad
La unanimidad forzada pertenece a los regímenes totalitarios. La verdadera unión nace cuando personas diferentes aceptan trabajar juntas alrededor de principios fundamentales: la libertad, la dignidad humana, el Estado de derecho, la soberanía popular y el respeto a la diversidad. Podemos discrepar sobre partidos, líderes, estrategias económicas o métodos de lucha sin convertir esas diferencias en guerras personales.
Una nación no se construye eliminando sus contradicciones, sino creando instituciones capaces de administrarlas pacíficamente.
También debemos revisar nuestra costumbre de elevar hombres a la categoría de héroes infalibles. Los cubanos parecemos necesitar permanentemente una figura providencial que nos salve: un líder, un militar, un presidente extranjero, un opositor o un supuesto mesías político. Depositamos en esa persona nuestras esperanzas y después consideramos sacrilegio examinar sus errores.
Pero ningún hombre debe ocupar el lugar de las ideas ni de las instituciones.
El espíritu pedagógico de Félix Varela nos invitó a pensar por nosotros mismos, no a repetir consignas. José Martí advirtió contra la utilización de la patria como pedestal para la ambición personal. Sin embargo, seguimos levantando altares políticos donde colocamos seres humanos, alejándolos artificialmente de sus limitaciones, contradicciones y errores.
Cuando hacemos eso, dejamos de ser ciudadanos para convertirnos en seguidores.
La patria no puede depender de la supuesta pureza de un individuo. Debe descansar sobre leyes, instituciones, controles y responsabilidades. Los hombres pasan, se equivocan y pueden corromperse. Las instituciones democráticas existen precisamente porque ningún ser humano merece poder absoluto ni confianza ilimitada.
Quien verdaderamente defiende a un líder debe ser capaz de señalar sus errores. Quien verdaderamente ama una causa debe impedir que esa causa se convierta en una secta. Y quien verdaderamente desea la democracia debe comenzar practicándola con aquellos que piensan diferente.
La diversidad humana no es una enfermedad que deba curarse. Es la savia que alimenta la creatividad, el progreso y la riqueza de las naciones. Los países prósperos no son aquellos donde nadie discrepa, sino aquellos donde las discrepancias pueden convertirse en debate, competencia, innovación y mejores decisiones.
Mientras los cubanos continuemos quebrando lanzas y rasgándonos las vestiduras para proteger ídolos, permaneceremos lejos de la libertad que decimos buscar. Mientras pretendamos destruir a quien no comparte completamente nuestra visión, estaremos materializando el mismo adoctrinamiento que aseguramos combatir.
No basta con expulsar al dictador del poder. También debemos expulsarlo de nuestra conducta
La libertad de Cuba requerirá valor para enfrentar a la tiranía, pero también humildad para convivir entre nosotros. Necesitamos aprender que respetar el criterio ajeno no significa renunciar al propio; que escuchar no es rendirse; que debatir no es traicionar; y que ninguna persona, organización o doctrina puede situarse por encima de la patria.
La unión cubana solo será posible cuando comprendamos una verdad esencial: la patria no necesita unanimidad, ídolos ni seguidores obedientes. Necesita ciudadanos libres capaces de pensar, disentir y trabajar juntos.






