Ramón Labañino está molesto con Delcy Rodríguez

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Por Jorge Sotero

La Habana.- Ramón Labañino, uno de los cinco espías cubanos, anda disgustado. La razón tiene nombre y apellido: Delcy Rodríguez. Resulta que la venezolana se reunió con Donald Trump y al «bueno» de Ramón le dio por ponerse sentimental: “Es duro ver a un amigo arrodillarse y traicionar. La traición es el peor de todos los pecados”. ¡Ave María, Ramón!

Ahora resulta que los comunistas descubrieron la traición, justo después de varias décadas de alianzas, abrazos, juramentos, cumbres, pactos y amistades revolucionarias que duran exactamente hasta que cambia el viento.

Me imagino al espía sentado frente al teléfono, con el corazón hecho puré, viendo las fotografías de Delcy junto a Trump. Quizás esperaba que ella llegara a Washington con una camiseta del Che, una bandera venezolana debajo del brazo y gritara “¡Patria o Muerte!” en la puerta de la Casa Blanca.

Delcy decidió conversar con el presidente estadounidense y eso, para Ramón, constituye casi una herejía. Qué sensibilidad la de estos muchachos. Se pasan la vida hablando de soberanía, dignidad y principios hasta que uno de los suyos se sienta con el enemigo. Ahí aparece inmediatamente el pecado número uno: la traición.

Lo curioso es que para el pueblo cubano una traición entre castristas, chavistas o cualquier otra especie del mismo zoológico político puede terminar siendo una noticia estupenda. Si un revolucionario traiciona a otro revolucionario, si un socio abandona al otro socio, si uno de los intocables decide quitarle la alfombra al compañero de al lado, yo solo puedo sacar una silla, abrir una cerveza y disfrutar del espectáculo.

Después de tantos años de sufrimiento, cualquier grieta dentro de esa estructura merece atención. Ramón habla de traición con lágrimas revolucionarias; el cubano puede verla con otros ojos: quizá por ahí entre un poquito de oxígeno.

Ramón, no te me pongas bravo. La historia está llena de amigos que terminan dándose la espalda cuando descubren que el barco se está hundiendo. A nosotros los cubanos nos han pedido sacrificios durante décadas, nos han hablado de enemigos, principios y lealtades eternas, mientras los jefes se abrazaban con quien hiciera falta para mantenerse arriba.

Si ahora empiezan a traicionarse entre ellos, déjalos. Que se viren las caras, que se quiten las máscaras y que cada cual salve su pellejo. Lo mejor que puede pasarle al pueblo cubano es que los castristas comiencen a traicionarse entre castristas. Después de tantos años de desgracia, hasta una buena traición puede terminar siendo una bendición.

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