
La bancarización condenó a los ancianos cubanos
Por Yeison Derulo
La Habana.- Hay un país donde una mujer de 74 años tiene que levantarse de madrugada, cargar un banquito plegable, caminar con bastón y sentarse durante horas frente a un banco con la esperanza de que aparezca la electricidad. No espera un premio. No busca un privilegio. Solo quiere cobrar la jubilación que se ganó después de 35 años trabajando para el sistema de Salud Pública.
Ese país se llama Cuba.
El testimonio de Yordanka Battle, publicado en redes sociales, retrata una realidad que miles de ancianos viven todos los días y que el discurso oficial insiste en minimizar. Su madre lleva dos meses sin poder cobrar la pensión debido al colapso de un sistema de bancarización que, lejos de facilitar la vida de la población, se ha convertido en un nuevo obstáculo para quienes menos posibilidades tienen.
En Cuba ya no basta con lidiar con los apagones, la escasez de agua, la falta de medicamentos o el precio descontrolado de los alimentos. Ahora también hay que tener un teléfono inteligente para poder acceder al dinero propio.
Y quienes no lo tienen, simplemente quedan fuera.
La señora padece Lupus Eritematoso Sistémico. La Cloroquina ha deteriorado su visión y la osteoporosis la obliga a desplazarse lentamente con un bastón. Sin embargo, nada de eso impide que tenga que salir cada vez que existe la posibilidad de que el banco abra y haya electricidad suficiente para operar.
La escena se repite diariamente en muchas ciudades del país: decenas de adultos mayores bajo el sol, soportando altas temperaturas, sin comer durante horas, esperando que el sistema funcione.
Mientras tanto, la llamada bancarización continúa exhibiéndose como un éxito. Pero la realidad cuenta otra historia.
Según relata Battle, incluso los pequeños negocios privados prefieren cobrar en efectivo porque también enfrentan enormes dificultades para abastecerse mediante transferencias electrónicas. En muchos casos, aceptar un pago digital implica aplicar recargos de hasta un 40 %, una práctica que termina castigando al consumidor.
Al final, todos pierden
La jubilación ya no alcanza para sobrevivir y, cuando ni siquiera puede cobrarse, la situación se vuelve dramática.
La madre de Yordanka depende de la ayuda familiar para alimentarse y comprar medicamentos que muchas veces solo aparecen en el mercado informal a precios inalcanzables para cualquier pensionista. Su caso, sin embargo, ni siquiera representa el escenario más extremo. Ella tiene hijos que la sostienen. Tiene nietas que la acompañan a hacer las compras. Tiene un viejo Motorola G6 heredado que, con mucho esfuerzo, aprendió a utilizar para manejar Transfermóvil.
Pero las preguntas siguen flotando en el aire. ¿Qué ocurre con el anciano que vive solo? ¿Qué pasa con quien nunca tuvo un teléfono inteligente? ¿Quién le enseña a utilizar aplicaciones bancarias cuando apenas puede leer la pantalla? ¿Con qué dinero compra comida mientras espera durante días poder retirar su pensión?
Son preguntas que nadie responde desde las instituciones. La llamada transformación digital ha terminado profundizando una brecha que castiga especialmente a los más vulnerables. La tecnología, presentada como herramienta de modernización, se convierte para miles de jubilados en una barrera más dentro de una cadena interminable de carencias.
El drama no es únicamente económico. Es humano. Es la imagen de personas que trabajaron toda una vida para terminar dependiendo de la caridad de sus familiares mientras hacen colas interminables para acceder a un dinero que les pertenece.
Cada nuevo problema parece llegar antes de que el anterior encuentre solución.
Y cuando muchos pensaban que Cuba había tocado fondo, aparece otra dificultad capaz de empeorar todavía más la vida cotidiana.
Porque en la isla ya no solo resulta difícil vivir.
También se ha vuelto profundamente triste envejecer.






