
El piloto que desistió del alfiler
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Francis Gary Powers llevaba una moneda de plata en el bolsillo. Dentro, escondido, un alfiler con toxina letal. La CIA se lo había dado esa misma mañana. Si lo capturaban, si lo torturaban, si ya no podía resistir, podía clavárselo y morir antes de hablar. Era voluntario. Él lo aceptó. Y luego, cuando el misil soviético destrozó su U-2 sobre Sverdlovsk, cuando cayó en picada y abrió el paracaídas, cuando vio la tierra acercarse, abrió la moneda, sacó el alfiler, lo dejó suelto en un bolsillo, tiró la moneda y no lo usó.
El 1 de mayo de 1960, Powers volaba a más de veinte kilómetros de altura. El U-2 era invisible para los cazas soviéticos. Hasta ese día. Un misil tierra-aire lo alcanzó cerca de Sverdlovsk. Washington creyó que estaba muerto. Dijeron que era un avión meteorológico que se había desviado. Nikita Jrushchov dejó que la mentira circulara. Después mostró el avión, las cámaras, la película y al piloto vivo. La versión estadounidense se derrumbó en una rueda de prensa.

El regreso y la explicación
En Moscú, en la prisión de Lubyanka, lo interrogaron once horas al día, siete días a la semana. No lo golpearon. Pero no lo dejaron dormir. Luces, aislamiento, amenazas. Powers decidió decir la verdad sobre lo que los soviéticos ya sabían y mentir sobre lo demás. El 17 de agosto, su cumpleaños número 31, comenzó su juicio. Lo condenaron a diez años. Tres de prisión, siete de trabajo. Fue a la prisión de Vladimir. Allí le ofrecieron compartir celda o quedarse solo. Eligió compañía. Se llamaba Zigurds Krūmiņš, era letón, hablaba inglés. Powers sospechó que era un informante. Con el tiempo, pensó que quizás no.
El 10 de febrero de 1962 lo sacaron de la prisión y lo llevaron a Berlín. En el puente Glienicke, dos hombres caminaron desde extremos opuestos. Uno era Powers. El otro, Rudolf Abel, un espía soviético condenado en Estados Unidos. Se cruzaron casi sin mirarse. La Guerra Fría hizo uno de sus intercambios más famosos. Powers volvió a casa. Y en casa le preguntaron por qué no había destruido el avión, por qué se había dejado capturar, por qué no había usado el alfiler. Algunos insinuaron que había traicionado a su país.
Lo interrogaron otra vez. La CIA revisó todo: desde el misil hasta los meses de cautiverio. La conclusión fue que había cumplido las instrucciones y no había revelado secretos cruciales. El alfiler nunca fue una orden. Le dijeron que podía llevarlo si quería. Lo aceptó esa mañana. Cuando tuvo la oportunidad de usarlo, decidió que todavía podía sobrevivir. Y tuvo razón. Cayó del cielo sobre la Unión Soviética con una muerte diminuta en el bolsillo. Veintiún meses después, cruzó un puente en Berlín caminando. El alfiler se quedó atrás. La vida, también.



















