
El control político, la represión y el mito del apoyo popular en Cuba
Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- El aparato propagandístico cubano vuelve a refugiarse en su viejo libreto: soberanía, autodeterminación y una supuesta voluntad popular que la cúpula gobernante se atribuye como si todos los cubanos pensaran exactamente lo mismo. Hablan en nombre del pueblo, pero ese pueblo jamás ha podido escoger libremente entre proyectos políticos diferentes.
Y cuando dicen «pueblo cubano», tampoco pueden borrar a quienes se marcharon. En la isla permanecen hoy alrededor de nueve millones de personas, mientras más de tres millones de cubanos viven en el exterior. Las razones individuales son diversas, pero semejante éxodo, ocurrido en medio de una profunda crisis económica, escasez y represión política, no puede despacharse como si millones de personas simplemente hubieran hecho las maletas por placer.
Muchos salieron buscando libertad, oportunidades y una forma de sostener desde el exterior a las familias que dejaron atrás. Se fueron de Cuba, pero no dejaron de ser cubanos. También son pueblo y también cuentan. Si se pretende hablar seriamente de autodeterminación, su voz tampoco puede desaparecer convenientemente del mapa político nacional.
Durante décadas, el Gobierno ha exhibido marchas y concentraciones como prueba de respaldo popular. Pero movilizar trabajadores, estudiantes y empleados mediante las estructuras del Estado no demuestra unanimidad política. Una plaza llena no sustituye una elección en la que el ciudadano pueda escoger libremente entre alternativas reales.
La amenaza más cercana
Ahí está la gran contradicción: la Constitución establece al Partido Comunista como único y como «fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado», mientras declara irrevocable el sistema socialista. Se afirma que la soberanía reside en el pueblo, pero se decide de antemano qué sistema ese pueblo no puede sustituir.
Y aquí aparece la mayor ironía del discurso oficial. Granma insiste en que «Cuba no es una amenaza». Quizás la discusión que quieren plantear sea si Cuba representa o no una amenaza para Estados Unidos o para otras naciones. Pero hay otra amenaza mucho más cercana que prefieren ignorar: la que enfrenta el propio ciudadano cubano cuando disentir, organizarse políticamente o cuestinor al poder puede traer consecuencias.
Esa es la verdadera amenaza que debe discutirse: un sistema que limita la pluralidad política, reprime determinadas formas de disidencia y ha sido incapaz de detener un deterioro económico y social que ha empujado a millones de cubanos a marcharse. La amenaza no hay que buscarla necesariamente fuera de Cuba; millones de cubanos sienten sus consecuencias dentro de ella.
Las preguntas que el gobierno evade
El 11 de julio de 2021 dejó esa contradicción al desnudo. Miles de ciudadanos salieron a protestar y la respuesta incluyó personas baleadas que perdieron la vida, detenciones, procesos judiciales y largas condenas. Entonces la pregunta resulta inevitable: ¿dónde está la libre determinación del cubano que quiere un sistema diferente? ¿Dónde está la soberanía del que protesta? ¿Y dónde queda la voz de los millones que tuvieron que rehacer sus vidas fuera del país?
Mientras Cuba continúa padeciendo apagones, escasez, deterioro económico y un éxodo gigantesco, el Gobierno sigue proclamándose intérprete absoluto de la voluntad nacional. Pero repetir mil veces que se representa al pueblo no sustituye el derecho de ese pueblo a decidir. Gobierno no es Patria. Partido no es Nación. Emigrar no significa renunciar a ser cubano.
El futuro de Cuba pertenece a todos los cubanos: a quienes permanecen dentro, a quienes viven fuera, a quienes respaldan el sistema y a quienes desean cambiarlo. Porque si de verdad quieren hablar de autodeterminación, primero tendrán que permitir que sean los cubanos; todos los cubanos con derecho a participar quienes determinen.



















