
Cuba, el país del ‘no te toca’
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Hay una frase que define a Cuba mejor que cualquier discurso, mejor que cualquier himno, mejor que cualquier consigna. No es «patria o muerte», no es «socialismo o muerte», no es «hasta la victoria siempre». Es «no te toca». Tres palabras que se aprenden antes que el abecedario, que se escuchaban en la bodega, en la cola, en la escuela, en la casa, en la calle. «No te toca». Y la inmensa mayoría de los cubanos que nacieron después de 1959 —y también muchos que nacieron antes— han vivido toda su vida bajo el imperio de esa frase. No es un lema. Es una condena.

¿Una casa confortable? «No te toca». A menos que la construyas con tus propias manos, ladrillo a ladrillo, obra y gracia del Espíritu Santo, porque el Estado no te la va a dar, ni te va a pagar un salario que te permita edificarla o alquilar una. ¿Un auto? «No te toca». A menos que hayas sido músico, deportista (grande) o dirigente (aunque pésimo), esos sí tienen carro.

¿Vacaciones en el extranjero? «No te toca». Aunque en los últimos años puedes ir a un hotel, pero no a los hoteles de los Castro, no a los cayos que ellos se reservan para pasar vacaciones paradisíacas, no a las playas que ellos disfrutan. ¿Buenas escuelas? «No te toca». ¿La posibilidad de elegir qué arroz, qué carne, qué verduras comer? «No te toca». Te venden (vendían) el aceite a granel en la bodega, y no puedes escoger otro más barato ni más caro, ni mejor ni peor. Solo ese. Porque «no te toca».
A la familia real le toca
¿La posibilidad de votar por el presidente del país o por el alcalde? «No te toca». No votas: ratificas. No eliges: aceptas. No decides: obedeces. ¿La posibilidad de opinar sobre tus gobernantes? «No te toca». ¿Reclamar a plena voz tus derechos? «No te toca». ¿La libertad? «No te toca». La libertad no es para ti. La libertad es para otros. Para los que mandan, para los que deciden, para los que se reparten el país como si fuera una herencia familiar.

Para ti, para el cubano de a pie, solo hay «no te toca». Y así, generación tras generación, el cubano ha aprendido a no esperar, a no pedir, a no soñar. Porque soñar también «no te toca».
Pero hay un contraste que duele, que indigna, que hierve la sangre. La familia real. La de los Castro. Esos sí tienen todo. Casas a borbotones, en La Habana, en el Vedado, en Miramar, en el campo, en la playa. Casas que alquilan por Airbnb mientras el cubano común no tiene dónde vivir. Cayos a su disposición en ambas costas, con lanchas, con guardias, con todo.

Automóviles para todos los miembros de la familia, hasta la cuarta generación. Algunos de lujo. BMW, Mercedes, Toyotas último modelo. Y un avión privado para el nieto escolta de Raúl Castro, el Cangrejo, que se pasea por el mundo como un jeque mientras en Cuba no hay ni gasolina para los ómnibus. Estudios en universidades de otros países. Vida tranquila allende la isla que han destruido. Para ellos, todo «te toca». Para ti, nada.
Algún día…
El cubano común no ha podido jamás decidir qué carro comprará, porque no tiene derecho ni a tenerlo. Está habituado a consumir lo que le venden, casi siempre a granel, sin opción de escoger. No puede negociar su salario. No puede montar un negocio sin pagar mil impuestos. No puede salir del país sin autorización del amo. No puede volver sin permiso. No puede hablar sin miedo. No puede callar sin sospecha. Todo porque «no te toca».

Y mientras tanto, los Castro y su corte viven en la opulencia, con casas, con carros, con aviones, con yates, con cuentas en el extranjero, con lujos que ni siquiera los millonarios de otros países se permiten. La culpa no es del destino. La culpa es del gobierno. De un gobierno que ha empobrecido a la inmensa mayoría para enriquecer a unos pocos. De un gobierno que convirtió a Cuba en el país del «no te toca» mientras la familia real se reparte el botín.

Algún día, quizás, el cubano dirá «esto sí me toca». Y ese día, el país del «no te toca» se vendrá abajo. Porque no hay frase más revolucionaria que esa: «me toca». Me toca una casa. Me toca un carro. Me toca comer lo que quiera. Me toca votar. Me toca opinar. Me toca ser libre. Me toca vivir sin miedo. Me toca dejar de ser súbdito para ser ciudadano. Me toca dejar de ser súbdito de los Castro para ser dueño de mi destino.
Ese día, el «no te toca» se convertirá en «ya te toca». Y entonces, por primera vez en más de sesenta años, Cuba será de los cubanos. No de los Castro. No de los generales. No de los que se reparten el país. De los cubanos. De todos. Porque a todos nos toca.



















