Del martillo al bidón: la épica cutre del Almirantazgo

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hay que reconocer que la capacidad del ser humano para negar la evidencia es, a veces, más profunda que el propio océano. A principios del siglo XX, mientras los alemanes fabricaban U-boats como quien hace salchichas, en los clubes de caballeros de Londres se fumaban puros frente a mapas del mundo convencidos de que el submarino era un cuento de hadas.

Los almirantes, obsesionados con los acorazados, vivían en una guerra «limpia», de cañonazos de caballero con monóculo. El problema es que el enemigo no leyó el manual de caballerosidad y se escondió bajo el agua.

Cuando en 1914 la Gran Guerra dejó de ser una charla de sobremesa para convertirse en una sangría de barcos hundidos, el Almirantazgo británico se encontró con un pequeño problemilla técnico: no tenían ni la más remota idea de cómo atacar algo que no estuviera a la vista. Su soberbia era tan descomunal que no habían diseñado ni una sola arma antisubmarina. Y claro, la desesperación es la madre de la improvisación más cutre que ha visto la historia militar.

Se llegó a proponer, y esto va en serio, que los botes de patrulla llevaran a bordo a dos herreros cachas armados con martillos de forja. La idea era acercarse sigilosamente al periscopio de un submarino alemán y, antes de que los localizase, meterle un buen viaje al tubo para doblarlo. Supongo que esperaban que el submarino se quedara dando vueltas en círculos como un dibujo animado. Otros genios sugirieron usar redes de mariposas gigantes o verter productos químicos para «cegar» el cristal. Solo les faltó proponer pintar los periscopios con Rotulador permanente.

Finalmente, alguien con dos dedos de frente entendió que lo de los martillazos no era escalable y decidió que, si no podían ver al enemigo, tendrían que sacudir el fondo para reventarlos. Así nació la carga de profundidad, que en sus inicios era básicamente un bidón metálico lleno de explosivos y una fe ciega en las leyes de la física. Las primeras versiones eran tan peligrosas para el que las tiraba como para el que las recibía. Si el barco no iba a toda pastilla, la explosión de su propia carga le podía arrancar el timón.

El Imperio Británico, que presumía de tener la tecnología naval más avanzada y elegante del mundo, encontró la solución para enfrentarse a los submarinos en un artefacto que no es un proyectil aerodinámico ni elegante: es, literalmente, un bidón de hierro, parecido a un barril de cerveza o un cubo de basura industrial, lleno de explosivo barato. Así de ingrávida es la gloria naval cuando los almirantes se pasan décadas negando la realidad. El genio militar, a veces, solo necesita un martillo. O un bidón.

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