Suetonio Paulinus: el general que abandonó Londres para salvar Britania (y luego lo echaron por pasarse de frenada)

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Imaginen la escena: año 60 después de Cristo, un general romano con más cicatrices que un mapa de carreteras está arrasando los altares druidas en la isla de Mona, convencido de que su única preocupación es acabar con unos cuantos sacerdotes rebeldes.

De repente, llega un mensajero con la noticia de que una tal Boudica, reina de los icenos, ha montado una rebelión de las gordas y se ha ventilado a la Novena Legión enterita. Cayo Suetonio Paulino, que venía de curtirse en las montañas del norte de África y tenía más sangre fría que un pescado en el hielo, no se inmutó. Recogió los bártulos, reunió a sus hombres y se marcó una marcha forzada a través de territorio hostil que aún se estudia en las academias militares.

Llegó a Londinium —la actual Londres, que por aquel entonces era poco más que un poblachón comercial— y se encontró con un problema de los que quitan el sueño: miles de civiles aterrorizados, una ciudad sin murallas y un ejército insuficiente para defenderla. Cualquier otro se habría quedado a morir con honor. Suetonio, que no era dado a romanticismos, hizo las cuentas y tomó la decisión más dura que puede tomar un comandante: abandonar la ciudad a su suerte.

«Lo siento, muchachos, pero si me quedo aquí con ustedes nos matan a todos». Doloroso, pragmático y terriblemente eficaz. Los habitantes que no huyeron fueron masacrados, pero él ganó tiempo para reagrupar sus fuerzas.

Y entonces llegó la batalla de Watling Street, esa que los manuales de historia militar deberían imprimir en letras doradas. Suetonio eligió un desfiladero estrecho, protegió su retaguardia con un bosque denso y colocó a sus legionarios en formación cerrada. Enfrente, las hordas de Boudica, que según las crónicas superaban los 200.000 combatientes, incluidos carros de guerra, mujeres y niños que se habían apostado en los flancos para presenciar el espectáculo. Un error garrafal.

Cuando la masa de britanos cargó por el embudo del desfiladero, los romanos lanzaron sus jabalinas y avanzaron en formación de cuña como una apisonadora. Fue una carnicería tan brutal que Tácito habla de 80.000 britanos muertos por apenas 400 romanos. Boudica, según la tradición, se envenenó para no caer en manos enemigas.

Britania estaba salvada. Nerón podía seguir tocando la lira en Roma mientras Suetonio le guardaba las espaldas. Pero aquí viene el giro de guion: el general, que había demostrado una frialdad quirúrgica para ganar la guerra, aplicó la misma receta para la paz. Represión brutal, ejecuciones masivas, confiscaciones y una política de tierra quemada que pretendía escarmentar a los nativos para los restos.

El problema es que Roma, que no se caracterizaba precisamente por su sensibilidad, empezó a ponerse nerviosa. Un procónsul llamado Julio Classicianus envió cartas a la capital advirtiendo de que tanta dureza solo provocaría nuevas rebeliones.

Total, que el hombre que había salvado Britania del desastre acabó siendo relevado del mando y enviado de vuelta a Roma con una excusa burocrática. Demasiado salvaje incluso para los estándares imperiales. La historia de Suetonio Paulino es la de un estratega brillante que supo ganar la batalla más desigual de su tiempo, pero que nunca aprendió a ganar la paz. Porque una cosa es doblegar a 200.000 guerreros en un desfiladero, y otra muy distinta conseguir que Roma no te considere un problema de relaciones públicas.

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