La galaxia de la muerte: el túnel donde el humo hizo más daño que las espadas

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Bajo las arenas del desierto sirio descansa el testimonio más escalofriante de la brutalidad de la guerra antigua. No hay cráteres de catapultas. No hay estatuas decapitadas. Hay algo peor: un túnel, oscuro, sellado, donde veinte soldados romanos murieron sin ver la cara de su enemigo.

La ciudad fortificada de Dura-Europos, un puesto fronterizo romano perdido en medio de ninguna parte, fue el escenario de un asedio feroz en el año 256. El Imperio Sasánida, decidido a barrer a Roma del mapa oriental, rodeó las murallas con la paciencia de quien sabe que el tiempo juega a su favor. Y entonces empezó la guerra subterránea.

Porque los persas no eran tontos. Sabían que las murallas de Dura-Europos eran demasiado altas para escalarlas y demasiado gruesas para derribarlas. Así que cavaron túneles. Desde abajo, en silencio, con palas y con la esperanza de que los romanos no los oyeran llegar.

Pero los romanos los oyeron. Y respondieron cavando sus propios túneles, en sentido contrario, para encontrarse en la oscuridad y degollarse antes de que las murallas temblaran. Imagínelo: dos ejércitos, bajo tierra, a ciegas, escuchando el raspar de las palas del otro lado. Eso no es una batalla. Es una pesadilla con paredes de barro.

La muerte por asfixia

El horror alcanzó su punto máximo en el subsuelo. Allí, los arqueólogos modernos encontraron algo que los manuales de guerra no suelen contar. Veinte soldados romanos atrapados. No muertos por flechas, ni por lanzas, ni por espadas. Muertos por asfixia.

Los sasánidas, desesperados por romper el estancamiento, quemaron azufre y betún en sus galerías y dejaron que el humo tóxico hiciera el trabajo sucio. El viento subterráneo, ese que nadie controla, llevó la muerte hasta los pulmones de los defensores. Y ellos murieron tosiendo, sin poder ver a su enemigo, sin poder clavar la espada en nada que no fuera el aire negro de la tumba que ellos mismos habían cavado.

Luego vino el derrumbe. Los túneles, mal sostenidos, cedieron. Y los cuerpos quedaron sellados con sus armaduras, sus monedas, sus armas, sus botones de bronce y sus huesos. Durante casi dos mil años, nadie supo que estaban allí. La ciudad cayó. Los habitantes fueron deportados o esclavizados.

Las tormentas de arena borraron Dura-Europos del mapa. Y los veinte soldados romanos se convirtieron en una cápsula del tiempo, esperando que alguien los encontrara. Cuando los arqueólogos los desenterraron, no encontraron una tumba. Encontraron una fotografía del horror. Encontraron la prueba de que los químicos para matar no son inventos modernos. Solo son más eficientes ahora.

La crueldad de la guerra

Este descubrimiento cambió todo lo que creíamos saber sobre la guerra antigua. Porque durante siglos pensamos que la crueldad tenía límites tecnológicos. Que sin fábricas, sin laboratorios, sin tratados de Ginebra, los hombres mataban cara a cara. Pero los sasánidas demostraron que no hace falta una bomba para ser despiadado. Basta con un poco de azufre, un túnel y la indiferencia de quien sabe que el humo no discrimina entre soldados y civiles.

Los veinte romanos de Dura-Europos murieron como mueren hoy los que quedan atrapados en sótanos bombardeados: solos, asfixiándose, sin entender por qué el mundo de arriba los abandonó.

La diferencia es que ellos no pudieron subir la foto a ninguna red social. Solo quedaron allí, bajo la arena, esperando que alguien contara su historia. Ya está contada.

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