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Por Javier Bobadilla ()

La Habana.- Adjunto una foto con mi abuela Yolanda. La última. Y no, no se murió. Se fue. Y no es que se fue mi abuela: se fue TODA mi familia paterna.

Se fue mi abuela a los 93 años, cuando en el 2000 la gente de 50 años con casa en el Vedado se lo pensaba para empezar de nuevo en otro país; cuando en el 2010 la gente de 60 años de todas partes decía que no quería irse para ser una carga; cuando en el 2015 los artistas de 25 años, que estaban en La Habana metiendo el cuerpo, decían que no se iban ni muertos.

¿Y si le da el patatús allá? ¿El hospital, las medicinas, los cuidados? ¿El cruel capitalismo y la despiadada sociedad de consumo?

Ya se verá. En España puede salvarse o no. En Cuba, la única certeza para un enfermo de más de 90 años es la muerte.

Mi abuela rompe el récord de mi tía Terina, que a los 68 fue de visita al yuma por 3 meses hace 15 años, y todavía no ha vuelto.

Se fue mi tía, única hermana de mi padre en Cuba. Se fue su esposo, más mi amigo que mi tío. Se fueron sus dos hijos, mis primos: uno recién graduado de Matemática y el otro en 3.er año. Se llevaron a la perra, para no dejar nada atrás.

Escuelas al campo con ropa verde olivo

¿La casa desde donde vi toda la historia del fatídico monumento que conjuró el principio del fin? Vendida, con todo adentro. Se fueron con la ropa que tenían puesta, los recuerdos, las fotos que guardaba mi abuela, y a mí me dejaron dos sillones de majagua y todo lo eléctrico recargable que tenían en la casa, a modo de exorcismo para nunca volver a sufrir por si habrá o no habrá corriente.

Aquí me quedan unos primos de mi mamá, o viejos o enfermos o ambos, alguno disfuncional, otro con un círculo infantil de nietos que cuidar. Todos con más problemas que nosotros.

A mi tía le preocupaba principalmente la Guerra de Todo el Pueblo y sus hijos en edad militar. Y si tienes hijos y no te preocupa, estás loco.

Esta guerra empieza así: Se recluta todo lo reclutable. Todo lo que parezca un hombre y tenga un dedo para apretar el gatillo. Se le entrega un AKM sin balas. Las balas las tiene el jefe del jefe —que es confiable—, y son pocas, muy pocas. En las unidades militares no hay objetivos militares que bombardear: básicamente son escuelas al campo con ropa verde y sin sexo. Los americanos lo saben, y ellos saben que lo saben.

Esas «tropas» —digámosle así, a falta de una palabra más descriptiva, porque tropas, en el sentido moderno, no son— se mueven a La Habana. Las de La Habana se mueven a Oriente, para que nadie esté en su tierra, con la gente que quiere.

Escudos humanos

Una vez en La Habana, por cada consejo popular mandan una escuadra a la bodega, otra a la escuela, otra al policlínico, otra al parqueo del barrio, alguna a un centro de trabajo sin ningún tipo de interés económico ni estratégico. El resto, a las casas. Los Compañeros irán de compañía en compañía, de escuadra en escuadra, atendiéndolos a todos, viendo que el miedo nunca cese. El soldado es un enemigo también, pero necesario, y como tal se le trata.

Y ahí viene la mentira más burda, más asquerosa: Esas tropas —que no saben prácticamente defenderse ellas mismas, que tienen miedo de los americanos, de los jefes cubanos y de ti mismo— están ahí para defenderte.

Y tú vas a saber que no. Que ese muchacho asustado, con una escopeta del siglo pasado y un hambre de 17 años, al cual pudieras matar fácilmente con tus propias manos, está ahí porque tú eres el escudo humano de los almacenes de cerveza y combustible importado de los hijos y los nietos, y de los hoteles de los generales. Esa es la Revolución y el Socialismo que estarás defendiendo con tu cuerpo.

Las cosas que no han cambiado

Ahí se van a sentar a rezar por lo que es inevitable que ocurra:

La IA de un dron con visión infrarroja matchea el patrón, y le da positivo que los adolescentes con el AKM sin percutor son «tropas», y le baja un Hellfire al policlínico, la casa de abuelos o tu casa contigo también adentro, reduciéndolo todo a cenizas, y derrumbando además 7 u 8 casas que estaban en la cabilla desde los Panamericanos del 91 e igual se iban a caer si explotaba una moto Bucatti al otro lado de la calzada.

Porque la Guerra de Todo el Pueblo siempre se ha ganado con manifestaciones en Nueva York y Washington, cuando la guerra se vuelve un caos provocado, y la gana el activista norteamericano que súbitamente no puede tolerar el terrible genocidio al que está siendo sometido, unilateralmente, el pueblo cubano, pero que hasta hace 5 minutos, Cuba, sus problemas, tú, yo, el Cangrejo, la dictadura y la autodeterminación de los pueblos —y cito a Lucy Sosa— mamábanle enérgicamente la cabeza del pingón. Eso no ha cambiado desde los tiempos de Hồ Chí Minh.

Una trampa… como todo

Así que mi tía, viviendo frente a la Embajada —y nótese aquí el uso de la mayúscula—, sabiendo que la suya iba a ser una de esas casas donde impactara el Hellfire, y que sus hijos iban a ser el señuelo del dron en alguna provincia remota, decidió cortar por lo sano y poner mar de por medio.

Se fueron todos, para no volver. Ni aunque esto «mejore». La mejora es una trampa, y para no caer en ella, quemaron las naves. Ni aunque esto «se arregle». Si se arregla de verdad, que lo disfruten los que se quedaron. Cuba ya no es para ellos más que un mal recuerdo, una pesadilla de la que lograron despertar.

La Guerra de Todo el Pueblo, a la que tan alegremente están tratando de arrastrarnos, también es una trampa. Como todo en esta historia, depende de nuestra voluntad el prestarnos o no. Depende de ustedes prestar a sus hijos. O no.

Mi tía me hizo una última foto con mi abuela justo antes de salir por última vez de la que ya no era su casa, antes de irse del que ya hace mucho tiempo no era su país. Si alguna vez puedo volverla a ver, no será en Cuba, ni en la que conocemos, ni en ninguna. Cuba ya hace mucho tiempo no es un país.

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