
La otra historia: cuando el adoctrinamiento choca con la verdad
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Cuando era niña, mi primer contacto escolar con la historia de Cuba fue una asignatura que se llamaba «Vida política de mi patria»: algo así como una mezcla de educación cívica con historia de Cuba.
Desde esa infancia hasta la universidad, el relato fue idéntico: un antiamericanismo rígido que pintaba al vecino del norte como el enemigo eterno.
Sin embargo, el tiempo y la madurez indican que hay que aprender a leer desde múltiples lados: conocer la historia de los vencidos, la de los testigos y la de los vencedores; reconocer que algo tan difícil de aceptar como las disonancias cognitivas también puede llevarnos a indagar en otras versiones o verdades de la historia.
¿A que no sabías, por ejemplo, lo de la enmienda del congresista norteamericano Henry Teller en 1898, que garantizaba por ley que Estados Unidos no se anexaría la isla para que los cubanos tuvieran su soberanía? Conocer esos archivos cura la ceguera ideológica; nos demuestra que Washington no es el ogro de los muñequitos que nos dibujaron siempre.
Sentarse a leer esa otra parte de la historia, incluso hasta leer este simple post, puede provocar disonancias cognitivas. Lo entiendo. Por eso hay mucha gente reacia al asunto. Es un malestar profundo, una tensión del alma que ocurre cuando la evidencia histórica choca con lo que te obligaron a creer toda la vida; tu mente se resiste porque duele aceptar el engaño del adoctrinamiento.
Es asombroso leer a personas, incluso dentro de la oposición, aferradas con un apego tan ciego a ese viejo antiamericanismo, hasta el punto de que rechazan cualquier ayuda del norte. Prefieren esperar un supuesto «acompañamiento internacional» que jamás ha existido y probablemente nunca llegará, o confían en una lucha civil interna de evolución lenta.
¿Tiene sentido discutir de geopolítica o esperar milagros diplomáticos frente al llanto de una madre sin comida para sus hijos? ¿Cabe la soberanía abstracta en un hogar con fogones de leña, en apagones de más de 30 horas y en hospitales que parecen basureros? Hablar de tiempo para Cuba, hoy, es una sentencia de muerte.
Quienes miran la tragedia desde la distancia o desde su casa cubana con paneles solares y remesas, apostando por soluciones idílicas que demorarán décadas en llegar, le exigen un heroísmo imposible a un pueblo que es rehén de su propia realidad.
El destino nos coloca ante una encrucijada definitiva. La realidad nos ha arrastrado a un escenario binario y cruel, pero real: o se busca el amparo de otro país con toda la fuerza —y las duras consecuencias que eso implique—, o se acepta la perpetuación de la dictadura por omisión.
Más allá de los conceptos teóricos, los debates y la feria de palabras intelectuales, en la Cuba real y profunda —la nuestra, la tuya y la de aquel— hay seres de carne y hueso que ni siquiera pueden pensar en la palabra libertad, porque se están quedando sin vida en este instante.






