De trincheras a neceseres: cómo la guerra nos regaló la compresa

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- A veces por necesidad, otras por puro instinto de supervivencia, pero casi siempre porque no queda otra, la humanidad convierte los problemas más desagradables en soluciones ingeniosas. Y eso pasó en 1914, cuando Europa decidió lanzarse a una guerra tan absurda como sangrienta.

En aquel paisaje de barro, metralla y hospitales improvisados, el algodón empezó a escasear. No porque el mundo se hubiera quedado sin él, sino porque la guerra lo había convertido en un bien estratégico, y los heridos no podían esperar a que los algodoneros hicieran la vista gorda.

Al otro lado del Atlántico, la empresa Kimberly-Clark, que no era una ONG precisamente, llevaba tiempo buscando alternativas. Donde hay escasez, hay negocio. Así dieron con una solución treméndamente eficaz: pulpa de madera procesada. Lo llamaron Cellucotton, y resultó ser más barato y más absorbente que el algodón de toda la vida.

Aquello empezó a viajar a los frentes y a los hospitales de campaña, donde cualquier material que absorbiera bien y costara poco era recibido como agua de mayo. No cambiaba el curso de la guerra, pero ayudaba a tratar heridas en un entorno donde lo único que sobraba era la sangre y el sufrimiento.

Y después de la guerra… Kotex

Y en medio de ese caos, las enfermeras, que bastante tenían con lidiar con heridos y jornadas de infarto, empezaron a usar aquel material también para su higiene íntima. No hubo discurso ni momento fundacional digno de película. Fue algo mucho más simple: si sirve para taponar y absorber la sangre de las heridas, también sirve para absorber la sangre de la menstruación. Así nació la idea, entre el olor a ácido fénico y las sábanas manchadas de batalla. La necesidad, una vez más, partió la baraja.

Terminada la guerra, llegó la paz y un problema logístico: Kimberly-Clark tenía almacenes llenos de Cellucotton y ya no había trincheras que abastecer. Lo que había sido útil en la guerra amenazaba con convertirse en un estorbo en tiempos de paz. Hasta que alguien, con buen olfato para los negocios, recordó aquel uso alternativo que habían inventado las enfermeras. En 1920 lanzaron Kotex, un nombre que venía de «cotton» (algodón) y «texture» (textura). El invento era bueno. El problema era la sociedad. Hablar de reglas en público era pecado mortal, así que vender el producto requería tanta discreción como ingenio. Las mujeres cogían la caja, dejaban el dinero en una hucha y se marchaban sin cruzar palabra con nadie. Una transacción muda para una necesidad universal.

Así que ya sabes. La próxima vez que veas un anuncio de compresas con flores blancas, líquidos azules y gente vestida como si saliera de un spa, recuerda el origen real: hospitales militares saturados, pulpa de madera industrial y enfermeras improvisando soluciones en mitad de una guerra. Hizo falta una guerra mundial para que la industria se tomara en serio algo que lleva acompañando a la mitad de la humanidad desde el principio de los tiempos. Y lo más triste no es que tardaran tanto. Es que, para darse cuenta, tuvieron que ver sangre. Pero no la que mana cada mes. La que sale de una bala. Esa sí que parecía importante.

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