La crítica que no devora: el dilema de la oposición cubana

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Por Yanetsy Pino ()

Atlanta.- A veces estoy scrolleando y me tropiezo con publicaciones donde se exponen a fulano o a mengano por considerarlos agentes, figuras «cómodas» o disidentes tolerados cuya confrontación es de izquierda o no es frontal.

A veces es crítica, lo cual me parece saludable; pero a veces lo que pretende ser crítica se convierte en linchamiento cuando no se tienen argumentos sólidos, evidencias verificables y se personaliza el error. Y el asunto es aún peor cuando se muestra en ese espacio público que debería ser la vitrina de nuestra madurez y no el circo de nuestras miserias.

Entiendo que el dilema es profundo: si luchamos por la libertad y la verdad, imponer el silencio obligatorio ante abusos o desaciertos graves por el miedo a «beneficiar al enemigo» termina erosionando nuestra autoridad moral y reproduciendo en miniatura los mismos vicios autocráticos que pretendemos combatir. ¿Cómo balancear entonces la urgencia de golpear al régimen sin terminar devorándonos entre nosotros?

El dilema ético

Ahí es donde se nos atraviesa un dilema de hondas raíces éticas, porque nadie pide aplaudir ciegamente el error ajeno ni aceptar lo mal hecho bajo el pretexto de una unidad de fachada. La libertad por la que estamos luchando no puede empezar castrando la verdad ni imponiendo la mordaza de un silencio cómplice. ¿Cómo ejercer la crítica sin convertirnos en el Caín que el enemigo necesita?

La respuesta no está en ahogar el debate, sino en asumir la tolerancia como una disciplina estratégica: es más útil que en lo público se mantengan el respeto y la distancia civilizada; mientras en lo privado nos cantamos las verdades a chaquetón quita’o y nos fiscalizamos sin piedad.

Uno puede tener diferencias de opinión, de ideología y de formas de lucha con otros opositores. Eso es ejercicio de libertad de expresión. Pero estoy segura de que el ataque destructivo al aire libre, inflado de vanidad y celos de protagonismo, no es un ejercicio de libertad, sino una bajada de cuero pública que solo busca el aplauso fácil, mientras el régimen se frota las manos en la sombra.

La tolerancia como mejor armadura

Creo que, si de verdad nos mueve la salvación de la patria, los trapos sucios y las diferencias de visión debieran lavarse en la intimidad, a camisa quitada y con el rigor de los que comparten el mismo dolor, privando a la tiranía del triste espectáculo de nuestra discordia.

Al final, los méritos en esta travesía no se miden por la cantidad de lodo que logres tirarle al opositor de al lado, sino por la firmeza de tus pasos frente al poder que nos oprime. Si al otro le caen aplausos o reconocimientos que no le corresponden, ¿vale la pena alterarse y regalarle una victoria al enemigo sin resolver el verdadero problema?

La respuesta más noble no se grita en un teléfono ni se escribe con bilis: se demuestra haciendo las cosas mejor, trabajando con más ética y sosteniendo la dignidad sin bajar la cabeza.

La tiranía lleva décadas alimentándose de nuestra dispersión, experta en mover los hilos de la desconfianza para que nos devoremos entre nosotros mientras ellos celebran la permanencia de su feudo.

Si queremos que sus maniobras de división fracasen de una vez y para siempre, tenemos que entender que la tolerancia pública es nuestra mejor armadura: al dictador se le combate con el pecho descubierto, y si no quieres darle el hombro al compañero de causa, al menos dale la posibilidad de tolerarlo, no convertirlo en espectáculo sin fundamento ni evidencias reales.

Probablemente no estarás de acuerdo conmigo, pero recuerda esto siempre: cuando la oposición aprenda a tolerarse en el espacio público y a combatir unida, la dictadura tendrá, sin margen de duda, sus días contados.

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