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Por Robert Prat ()

Nueva York.- Otra vez. Otra vez Bruno Rodríguez subió a un estrado internacional a decir lo de siempre: que Estados Unidos es el malo, que la culpa es del bloqueo, que la militarización es un pretexto para dominar. Esta vez fue en la reunión de ministros de la Celac, en el marco de la Asamblea General de la ONU. Y esta vez, como siempre, el discurso sonó a disco rayado: Monroe, aranceles, sanciones, cerco energético, amenaza de agresión. El libreto de la victimización, que en La Habana funciona para consumo interno, ya no convence ni a los propios.

Rodríguez habló de una «ofensiva» de Washington para imponer la Doctrina Monroe, de una «militarización» bajo el pretexto de combatir el narcotráfico. Y no le falta razón en algo: Estados Unidos mantiene una presencia militar amplia en el Caribe y el Pacífico, ha atacado casi 70 embarcaciones y ha matado a más de 220 personas a las que llama «narcoterroristas» sin mostrar una sola prueba. Expertos de la ONU y organismos de derechos humanos ya califican esos ataques de asesinatos extrajudiciales. Pero una cosa es denunciar eso, y otra muy distinta es usar la tribuna para tapar la miseria que el propio castrismo ha sembrado en Cuba.

Porque mientras Bruno acusa a Washington de «instrumento de dominación», en Cuba no hay luz, no hay comida, no hay medicinas, no hay futuro. El régimen se empeña en culpar al bloqueo de todo, pero el bloqueo no es el que impide que los hospitales funcionen, ni el que hunde las escuelas, ni el que convierte a los jóvenes en emigrantes desesperados. Eso lo hace un sistema que lleva seis décadas demostrando que no sabe gestionar nada. Y cuando la gente se queja, la respuesta es siempre la misma: la culpa es de Estados Unidos.

En el eje del mal

La relación entre Washington y La Habana atraviesa uno de sus momentos más tensos, sí. Pero no por casualidad. La administración de Trump ha endurecido las sanciones, ha reforzado el cerco energético y ha lanzado una ofensiva mediática. Todo eso es cierto. Pero el castrismo tampoco ha movido un dedo para cambiar su modelo, para abrir la economía, para respetar derechos humanos. Al contrario: se ha encerrado más en sí mismo, ha encarcelado a más disidentes y ha profundizado su alianza con regímenes como el de Irán. Y luego se queja de que el mundo no lo quiere.

Así que Cuba seguirá acusando a Estados Unidos en la ONU, en la Celac, en cualquier foro que le preste un micrófono. Seguirá hablando de bloqueo, de Monroe, de militarización. Pero mientras tanto, los cubanos de a pie seguirán apagando velas, buscando qué comer y soñando con irse. Porque de nada sirve ganar el relato en un estrado si pierdes la vida en tu propio país. Y eso, Bruno, no lo arregla ningún discurso.

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