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Por Jorge L. León

Houston.- Hay momentos en la política internacional en los que un gesto dice más que cien discursos. Este 22 de septiembre de 2026 ocurrió uno de ellos en la Asamblea General de las Naciones Unidas.

Mientras Donald Trump pronunciaba su discurso ante los representantes del mundo, llegó el momento de referirse a Cuba. Y sus palabras fueron directas: calificó a la isla como un “Estado absolutamente fallido” y afirmó que el régimen comunista se encuentra sometido a una presión sin precedentes y que “va a caer”.

La respuesta de la delegación cubana no fue un argumento. No hubo una réplica desde la tribuna. No hubo una defensa política del sistema cubano ante la comunidad internacional.

Abandonaron la sala

La delegación encabezada por el canciller Bruno Rodríguez salió del recinto mientras Trump continuaba hablando.

Y aquí comienza la verdadera historia de este episodio.

Una delegación diplomática puede discrepar. Puede protestar. Puede solicitar el derecho de respuesta. Puede presentar documentos, cifras y argumentos. Pero marcharse cuando se escucha una acusación política tan grave convierte la protesta en una imagen que difícilmente puede borrarse.

No se trata de aceptar automáticamente todo lo dicho por Trump. La realidad cubana es mucho más compleja y cualquier análisis serio debe considerar también las sanciones estadounidenses, el embargo y sus efectos sobre la economía de la isla. Pero existe otra realidad que tampoco puede ser ocultada: Cuba atraviesa una profunda crisis económica, energética y social, mientras el poder político continúa concentrado en las mismas estructuras que gobiernan desde hace décadas.

La propia administración estadounidense sostiene que el modelo económico cubano ha fracasado y acusa al régimen de mantener un sistema que limita severamente la iniciativa privada.

Por eso, más allá de Trump, existe una pregunta que ningún gobierno puede escapar indefinidamente:

¿Por qué un país que afirma representar a su pueblo necesita abandonar una sala cuando alguien cuestiona públicamente a su gobierno?

La ONU es precisamente el lugar para debatir

Allí se enfrentan gobiernos, ideas, intereses y visiones diferentes del mundo. Allí se responde con argumentos. Allí se presentan pruebas. Allí se defiende la soberanía, pero también se escucha la crítica.

La delegación cubana decidió otra cosa.

Huyó ante la palabra.

Y quizá esa imagen termine siendo más poderosa que cualquier discurso pronunciado aquel día.

Porque mientras los diplomáticos cubanos abandonaban sus asientos, millones de cubanos permanecen en la isla enfrentando apagones, escasez, deterioro de los servicios y una emigración que continúa separando familias. El drama no estaba solamente dentro del salón de Naciones Unidas.

El drama estaba —y continúa estando— en Cuba.

Trump habló de un Estado fallido. La delegación cubana respondió con una retirada. Ahora corresponde a la historia hacer algo que ninguna delegación puede impedir: preguntar quién tiene la razón y, sobre todo, quién está pagando el precio de ese fracaso

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