
Marrero, El Cangrejo y el pacto que se cuece a fuego lento
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Hay algo que no cuadra en la andanada de sanciones de Washington contra La Habana. La lista es larga, minuciosa, casi quirúrgica: Miguel Díaz-Canel, su esposa Lis Cuesta, su hijastro Manuel Anido, el nonagenario Raúl Castro, su hijo Alejandro Castro Espín —el Tuerto—, su nieto Raúl Alejandro Castro Calís, el Ministerio de las Fuerzas Armadas, los Comités de Defensa de la Revolución, el ICAP, decenas de empresarios y diplomáticos.
Hasta ahí, todo dentro del guion. Pero hay dos nombres que brillan por su ausencia, dos piezas que deberían estar en esa lista y no están: Manuel Marrero Cruz, primer ministro y segundo hombre más poderoso del régimen, y Raúl Guillermo Rodríguez Castro, el Cangrejo, nieto de Raúl, escolta, hombre de confianza y, según todas las fuentes, el verdadero interlocutor con Washington.
Marrero es el funcionario de más rango después de Díaz-Canel. No es un técnico gris ni un burócrata de segunda fila: es el hombre que ha defendido a GAESA frente a las sanciones, el que acusa a Estados Unidos de genocidio, el que denuncia cada nueva vuelta de tuerca del cerco energético. Si Washington quisiera golpear la cúpula, Marrero sería uno de los primeros en la lista. Y sin embargo, no está.
Su exclusión recuerda demasiado al caso de Delcy Rodríguez en Venezuela, la número dos de Maduro que durante años quedó fuera de las listas de la OFAC mientras su jefe y sus colaboradores caían uno tras otro. ¿Por qué? Porque Delcy era el canal. El puente. La voz que hablaba cuando todos los demás estaban bloqueados. La pregunta es inevitable: ¿es Marrero el Delcy de Cuba?
Algo se maneja tras bambalinas
El Cangrejo es otro caso. Raúl Guillermo Rodríguez Castro no ocupa ningún cargo formal en el gobierno. No es ministro, no es general, no es diputado. Es, oficialmente, el guardaespaldas de su abuelo. Pero en la práctica, según el diario suizo Swissinfo, es el contacto de la parte cubana en el diálogo con Washington, una figura relevante tanto en el Ministerio del Interior como en GAESA, el conglomerado empresarial del Ejército que controla la economía de la isla. Hijo de Débora Castro y del fallecido general Luis Alberto Rodríguez López-Callejas, el hombre que dirigió GAESA durante dos décadas y que fue durante años el posible delfín del castrismo, el Cangrejo tiene el apellido, los contactos y la juventud que Washington busca para negociar una salida.
Y no es especulación. En mayo de 2026, el director de la CIA, John Ratcliffe, viajó a La Habana en una visita que habría sido impensable hace apenas unos años. Allí se reunió con el Cangrejo, con el ministro del Interior Lázaro Álvarez Casas y con los jefes de inteligencia de la isla. Ratcliffe llevaba un mensaje de Trump: Estados Unidos está dispuesto a comprometerse seriamente en temas económicos y de seguridad, pero solo si Cuba realiza cambios fundamentales.
La oferta incluía 100 millones de dólares en ayuda humanitaria directa, canalizada a través de la Iglesia Católica y organizaciones independientes. Y en paralelo, el gobierno cubano debía liberar a miles de presos políticos, un gesto que no se entiende sin el contexto de esas conversaciones. Algo se está cocinando. Y los cocineros tienen nombres: Marrero y El Cangrejo.
La necesidad de interlocutores
Raúl Castro, mientras tanto, mira desde la barrera. El nonagenario general no quiere que su nombre quede vinculado a ningún gesto que huela a rendición ante Trump y Marco Rubio. Sabe que la historia lo juzgará, y prefiere que lo juzguen por haber resistido que por haber cedido.
Su hijo Alejandro, el Tuerto, y su nieto Raúl Alejandro ya están sancionados. Su hija Mariela, diputada y sexóloga, ha sido la única que ha dado la cara en público, pero sin apartarse del discurso oficial. Raúl no va a bendecir ninguna negociación que implique inclinar la rodilla. Pero tampoco la va a dinamitar. Se mantiene al margen, dejando que otros —Marrero, El Cangrejo— hagan el trabajo sucio. Porque si sale bien, él no aparece. Y si sale mal, tampoco.
Trump y Rubio, por su parte, llevan casi dos meses sin referirse al tema Cuba. Y cuando lo hacen, son cautelosos. No hay discursos grandilocuentes, no hay amenazas de invasión, no hay anuncios de nuevas sanciones masivas. Solo silencio. Un silencio que, en Washington, casi siempre significa que algo se está negociando.
La Casa Blanca sabe que una intervención militar en Cuba podría ser un desastre. Sabe que el embargo, por sí solo, no ha derribado al castrismo en sesenta y cinco años, y es poco probable que lo haga en lo adelante, porque la cúpula no lo sufre. Sabe que la única salida viable es un acuerdo, una transición pactada, una salida negociada. Y para eso necesita interlocutores que no estén en la lista de sancionados. Necesita a Marrero. Necesita al Cangrejo.
Cuba solo necesita libertad
Yo no sé los términos de esa negociación. No sé qué se ha ofrecido, qué se ha pedido, qué se ha prometido. Pero tengo la certeza de que algo se está moviendo. Porque si no, Marrero y El Cangrejo tendrían todas las papeletas para estar entre los primeros nombres de la lista. Marrero por ser el número dos del régimen, por su defensa de GAESA, por su retórica incendiaria. El Cangrejo por ser el heredero directo de Raúl, por su control del aparato de seguridad, por su apellido. Si Washington los ha dejado fuera, no es por descuido. Es por diseño. Es porque los necesita fuera. Es porque los quiere como canal.
Cuba no necesita al Cangrejo ni a Marrero. Cuba no necesita salvadores con apellidos ilustres ni negociadores de salón. Cuba necesita libertad. Libertad para reconstruirse, para levantar lo que el castrismo ha destruido durante casi siete décadas, para empezar de cero un período de reconstrucción que será largo, doloroso y complicado.
No hay atajos. No hay mesías. No hay un hombre providencial que vaya a resolverlo todo desde una oficina en La Habana o desde una mesa de negociaciones en Washington. Lo que hace falta es que los cubanos puedan decidir su futuro sin tutelas, sin mordazas, sin listas de sancionados que deciden quién puede hablar y quién no. Lo demás —Marrero, El Cangrejo, los pactos, las filtraciones, las esperanzas— es ruido. Y el ruido, en Cuba, nunca ha resuelto nada.



















