
Oxígeno para el canario
Por Rafa Junco ()
Madrid.- El canario no estaba allí para cantar. Estaba para morir. O para casi morir. Durante buena parte del siglo XX, las minas de carbón británicas metían estas aves en las galerías. Si el pájaro se caía, los mineros salían corriendo. Era la alarma más antigua del mundo.
El enemigo era invisible. El monóxido de carbono. Se acumulaba después de incendios, explosiones o fallos de ventilación. Un hombre podía respirarlo sin darse cuenta. Cuando los síntomas aparecían, ya era tarde para escapar. El canario, en cambio, lo detectaba antes. Su cuerpo pequeño, su respiración rápida. Reaccionaba primero.
Los mineros aprendieron a leer las señales. El ave erizaba las plumas. Escondía la cabeza bajo un ala. Perdía coordinación. Fallaba al saltar de una percha a otra. Y terminaba desplomándose en el fondo de la jaula. Eso significaba: fuera. Todos fuera.
La tecnología terminó el trabajo de canario
Pero la jaula tenía una segunda función. Intentaba salvar al canario. Durante el trabajo normal, una abertura dejaba que el pájaro respirara el mismo aire que los hombres. Si empezaba a mostrar síntomas, cerraban la cámara. Abrían una válvula. Un cilindro en la parte superior liberaba oxígeno dentro. El canario se recuperaba. Los mineros escapaban.
En 1974, la ley obligaba a tener al menos dos canarios por mina. Un responsable de rescate con cuarenta años de servicio dijo que solo recordaba dos muertos. Uno de ellos, porque lo dejaron bajo tierra por accidente. La tecnología ya estaba llegando. Detectores electrónicos. Más pequeños. Más fiables. Sin plumas.
En diciembre de 1986, Gran Bretaña retiró los canarios de sus minas. Se acabó una práctica que había durado generaciones. Hoy la jaula parece un objeto raro. Pero contenía dos sistemas de seguridad: el canario avisaba a los mineros. Y el oxígeno intentaba devolverle el favor.



















