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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Resistir. Esa es la palabra que la cúpula cubana repite como un mantra desde hace casi setenta años. La dijo Fidel Castro en 1960, cuando el país apenas comenzaba a transitar el camino que lo llevaría al desastre. La dijo en los años setenta, cuando el país dependía del azúcar, y del subsidio soviético. La dijo en los noventa, cuando el bloque socialista se derrumbó y el Período Especial sumió a los cubanos en la miseria más absoluta. La repitió Raúl Castro cada vez que habló de «resolver los problemas sin renunciar a los principios». Y ahora la repite Díaz-Canel con la misma solemnidad hueca, como si resistir fuera un mérito, como si aguantar fuera un logro, como si el sufrimiento del pueblo fuera una medalla que se cuelgan ellos en el pecho.

Pero, ¿resistir qué? ¿Resistir el hambre? ¿Resistir los apagones de veinte horas? ¿Resistir la falta de agua, de medicinas, de transporte, de seguridad? El cubano común no resiste por convicción ideológica. Resiste porque no tiene otra opción. Resiste porque no puede irse. Resiste porque no tiene dónde caerse muerto. Resiste porque el Estado que le pide resistencia es el mismo que le niega todo: la comida, la luz, el agua, el médico, la escuela, el futuro. Es una resistencia forzada, impuesta, cruel. No es heroísmo. Es supervivencia.

Y mientras el pueblo resiste, la cúpula no resiste nada. La cúpula vive en casas con planta eléctrica, con agua corriente, con aire acondicionado, con alimentos importados, con medicinas de las que no llegan a las farmacias. Sus hijos y sus nietos viajan al extranjero, estudian en universidades europeas, se compran autos de lujo, abren negocios con el dinero que robaron al pueblo. Ellos no resisten: disfrutan. La resistencia es un discurso que se lanza desde un podio, no una realidad que se viva en el palacio. Y el pueblo, que lo sabe, ya no traga.

Ya hemos resistido todo

Los hospitales se caen a pedazos. No hay medicamentos, no hay gasas, no hay anestesia. Los médicos se van porque ganan menos que un vendedor de aguacates. Las escuelas pierden maestros cada semana. Los niños aprenden a leer con libros rotos, en aulas sin techo, sin ventiladores, sin tizas. El transporte es una odisea: esperar horas un ómnibus que nunca llega, caminar kilómetros bajo el sol, pagar precios imposibles a un taxista improvisado. La seguridad es un recuerdo: los ladrones madrugan, los asaltos se multiplican, la policía mira hacia otro lado porque está ocupada persiguiendo a los que piensan distinto. Y la cúpula, desde su balcón, pide resistencia.

El pueblo ha resistido todo. Ha resistido el Período Especial, la crisis de los balseros, la epidemia del cólera, los huracanes, el embargo, la pandemia, las colas interminables, los precios que suben cada día, los salarios que no alcanzan ni para un cartón de huevos. Ha resistido la muerte de sus hijos en el mar, la separación de sus familias, la humillación de tener que pedir ayuda a un familiar en Miami para poder comer. Ha resistido con una paciencia que asombra al mundo. Pero la paciencia tiene un límite. Y ese límite ya se cruzó.

De tanto resistir, el cubano ya no puede resistir más. El cuerpo se agota, la mente se quiebra, el alma se cansa. Ya no hay fuerzas para seguir aguantando. Ya no hay fe en las promesas. Ya no hay esperanza en el mañana. Lo único que queda es el deseo de irse, de escapar, de dejar atrás una isla que se hunde. Y mientras la cúpula sigue pidiendo resistencia desde sus sillones de cuero, el pueblo sigue caminando hacia el mar, hacia el aeropuerto, hacia cualquier lugar que no sea Cuba. Porque resistir ya no es una opción. Resistir es morir de pie. Y el cubano, que ha muerto de pie tantas veces, ya quiere vivir.

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